El pasado viernes, Israel compartió un profundo dolor al despedir a la familia Bibas. No eran solo israelíes; eran nuestros hijos, nuestros hermanos (Más sobre los Bibas).
Cada día, el dolor persiste. La alegría de la liberación de los secuestrados es amarga, por los que vuelven a casa y por los que ya no están. Hace dos semanas, nos alegramos y nos llenamos de esperanza con Ruti (Lee su historia), pero la angustia sigue porque Eitan no está…
El sacrificio de Tsachi Idan z''l

El jueves, recibimos a Tsachi Idan, pero no fue un regreso, sino un adiós. Su historia nos recuerda la crueldad desbordada, el miedo y la valentía en su máxima expresión.
Era Shabat, una mañana tranquila, cuando el kibutz Nahal Oz fue sacudido por las alarmas. Tsachi, su esposa Gali y sus hijos Maayan (18), Sharon (15), Yael (11) y Shachar (9) corrieron hacia la habitación segura de su hogar, buscando refugio.
Sin embargo, la seguridad se desmoronó cuando militantes de Hamás lograron forzar parcialmente la puerta. Tsachi y Maayan se apresuraron a sostenerla, intentando impedir la entrada de los atacantes. En medio del caos, los militantes gritaban en inglés con acento: "No disparamos". Pero lo hicieron.
Una bala atravesó la puerta, impactando a Maayan en la cabeza. Ella cayó al suelo, y el silencio se volvió ensordecedor. Gali abrazó a los niños más pequeños, intentando protegerlos del horror que se desarrollaba ante sus ojos.
Los militantes irrumpieron en la habitación, grabando en vivo la escena y transmitiéndola en Facebook. Los niños, entre lágrimas, preguntaban: "¿Nos van a matar?". La casa de los Idan se convirtió en un cuartel improvisado para los atacantes durante varias horas, mientras los sonidos de disparos y explosiones resonaban a su alrededor.
Finalmente, los militantes se llevaron a Tsachi, esposándolo y vendándole los ojos. Gali, con la voz quebrada, le dijo: "Te amo. No juegues a ser héroe, sé inteligente. Cuídate y vuelve de una pieza". Lamentablemente, Tsachi fue llevado a Gaza, donde permaneció cautivo hasta su muerte. Su cuerpo fue devuelto recientemente, y será enterrado junto a su amada hija Maayan.
La traición a Oded Lifshitz z''l

Como de costumbre los días viernes, fui con mi esposa al supermercado, y Yehoshua, el taxista del que escribí anteriormente (Lee su historia), me comentó sobre la historia de Oded Lifshitz, periodista y activista israelí. Promovía incansablemente la convivencia y el entendimiento entre palestinos e israelíes. Participó activamente en la organización "On the Way to Recovery", transportando a pacientes palestinos desde Gaza a hospitales en Israel para recibir tratamiento médico.
Yehoshua me decía que lamentaba mucho su muerte. Su rostro reflejaba una mezcla de angustia y profunda decepción. Desde la muerte de su hermano, siempre ha apoyado a los palestinos, con la esperanza de que algún día se consolidara la paz entre ambos pueblos, igual que Oded. Tal vez su motivación venía precisamente de ese dolor que tanto lo marcó.
Yehoshua me miraba con esos ojos que parecían buscar respuestas en el vacío. ¿Cómo es posible que alguien que dedicó su vida a tender puentes terminara así? ¿Dónde queda la justicia? ¿Deberíamos tomarla en nuestras manos? Oded velaba por los palestinos, los transportaba para sanar a enfermos palestinos... ¿y qué con Yahya Sinwar? Nosotros lo curamos de un cáncer, y fue él quien planeó toda esta atrocidad. ¿En qué mundo vivimos donde la compasión es respondida con terror? ¿Cómo reconciliar la bondad de Oded con la brutalidad de su final?? Se preguntaba, no esperando respuesta, si tal vez la paz era solo un espejismo, una promesa rota tantas veces que ya dolía hasta pronunciarla. ¿En qué momento dejamos de ver al otro como humano? ¿Cómo se sigue adelante cuando la esperanza se convierte en ceniza? Sus preguntas flotaban en el aire, y yo solo podía compartir su silencio, porque a veces el silencio es lo único que queda cuando las palabras no alcanzan.
Alon Ohel

Al regresar a casa, abro Facebook y me encuentro con un emotivo post de Dori Lustron sobre Alon Ohel. Alon, un talentoso pianista de 24 años, fue secuestrado por Hamás el 7 de octubre de 2023 durante el festival de música Nova en Israel. Desde entonces, ha estado cautivo en túneles subterráneos en Gaza, en condiciones inhumanas.
Recientemente, su familia recibió la primera señal de vida en 492 días, gracias al testimonio de rehenes liberados que compartieron cautiverio con él. Estos relatos indican que Alon está herido, con metralla en el ojo, el hombro y el brazo, y ha estado encadenado y desnutrido durante su cautiverio. Su madre, Idit Ohel, hizo un desesperado llamado público para su liberación, especialmente al acercarse el 24º cumpleaños de Alon, el segundo que pasa en cautiverio.
Al pensar en su madre, Idit Ohel. suplicando con la voz quebrada, suplicando. “Mi hijo no tiene tiempo, mi hijo se muere allí dentro”. Me la imagino buscando cualquier señal, cualquier indicio que le dé esperanza. Hasta hace unos días, no sabía si Alon estaba vivo. 492 días de incertidumbre, de noches sin sueño, de preguntas que no tienen respuesta. Y ahora, cuando por fin sabe que sigue respirando, también sabe que sufre. Que está al límite. Que cada minuto cuenta.
El testimonio de Eli Sharabi y Or Levy, los rehenes que fueron liberados y que compartieron cautiverio con Alon, es un golpe al estómago. “Ha estado encadenado todo este tiempo”, dijeron. “Casi no tiene comida”.
El post que Dori compartio no solo era un pedido. Era un grito. Un grito de auxilio. “No podemos salir a manifestarnos el lunes, pero todos pueden compartir esto. Alon necesita que griten por él”. Lo releo y siento impotencia. Siento rabia. Porque la idea de que un chico de 24 años pase su cumpleaños en la oscuridad de un túnel, con hambre, con heridas abiertas, con miedo, es una imagen insoportable.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Y vuelvo a leerlo. Porque no podemos permitirnos olvidar. Porque cada historia importa. Porque Alon sigue allí. Y porque si no gritamos ahora, ¿cuándo?
Eli Sharabi

Al comenzar a escribir este artículo, mi teléfono suena. Es Alberto Szwarc, co-presidente de la OLEI. Como siempre, su voz, habitualmente pausada y relajante, ahora estaba cargada de emociones que apenas puede contener. Me recomienda ver la entrevista que Ilana Dayan le hizo a Eli Sharabi. “Tienes que escuchar su historia”, me dice.
Hago una pausa. Respiro hondo. Sé lo que significa sumergirme en otra historia de horror, pero también sé que es necesario. Empiezo a buscar la entrevista y, en pocas palabras, fue un testimonio imposible de ignorar:
Eli Sharabi pasó 491 días en cautiverio en Gaza. Más de un año encadenado, viviendo en túneles oscuros, con hambre, con frío, sin saber si volvería a ver la luz del día. Su relato es un golpe directo al alma. Habla de la noche en que su hogar dejó de ser un refugio y se convirtió en un escenario de terror. De cómo vio a su esposa Lianne y a sus hijas, Noya y Yahel, ser arrancadas de su lado, sin poder hacer nada. De la incertidumbre que lo consumía cada día. De la brutalidad.
Escuchar cada detalle en su propia voz es devastador. La crueldad de Hamás no es un concepto abstracto, es real, tangible. Está en los ojos de Eli, en su voz quebrada, en cada palabra que pronuncia. Está en las heridas que no se ven, pero que lo acompañarán siempre.
Hay muchísimos más detalles que no describo en este artículo, como por ejemplo… la brutal espera en la oscuridad, sin saber si la siguiente voz que escucharía sería la de un rescatador o la de su verdugo. Los días interminables sin alimento, el terror de los interrogatorios, el frío que calaba hasta los huesos. La noticia desgarradora de la muerte de su hermano, entregada sin piedad por sus captores. Fragmentos de una realidad que apenas podemos imaginar, pero que él vivió cada segundo. Y hay más, mucho más…
Cuando termina la entrevista, me quedo en silencio. No hay palabras suficientes para describir lo que siento. Solo queda una pregunta resonando en mi cabeza: ¿Cuántos más siguen ahí abajo, encadenados, esperando un milagro?
No podemos callar esta verdad
Escribo esto con el corazón apretado. Porque cada historia necesita ser contada, porque el silencio no puede ser una opción.
No sé si estas palabras llegaron hasta ti de la misma forma en que llegaron a mí al escribirlas. Pero si lo hicieron, si algo de lo que aquí leíste te hizo detenerte un momento, házmelo saber abajo en los comentarios.
Debates que se multiplican, mientras la urgencia crece
Como he escrito anteriormente, esto no se trata de izquierda o derecha. Somos Israel. Se trata de entender con quién nos enfrentamos y de reconocer que, como nación, deberíamos estar unidos. ¿Unidad? Me dirán algunos que eso es imposible, que en tiempos de guerra las divisiones se hacen más profundas. Pero otros responderán que es precisamente ahora cuando más la necesitamos.
Los debates se multiplican. ¿Debemos arrasar con todo y hacer sacrificios complejos? ¿O debemos afianzarnos como nación y asegurarnos la seguridad a largo plazo? Hay quienes creen que la única solución es la fuerza, y otros que insisten en que no podemos perder nuestra humanidad. ¿Pero cómo se garantiza el regreso de todos nuestros secuestrados y, al mismo tiempo, nuestra seguridad? No es fácil. Cada propuesta parece incompleta, y cada solución parece dejar algo esencial fuera.
Cuando fallamos, ellos pagaron el precio
Mientras tanto, la realidad nos obliga a mirar de frente nuestros errores. Esta semana, el ejército israelí publicó un informe detallando los fallos del 7 de octubre. Errores en inteligencia, en preparación, en respuesta. Una cadena de omisiones que permitió que el horror se desplegara sin control. No se trata solo de entender qué falló, sino de aprender de ello. De asegurarnos de que nunca más estaremos tan desprevenidos. De que cada vida perdida no haya sido en vano.
Las preguntas siguen abiertas. La responsabilidad es grande. Pero si hay algo que este informe nos deja claro, es que no podemos darnos el lujo de la complacencia. No ahora. No cuando aún hay tantos esperando regresar a casa.