El Amor que se elige
Daniela Lachster – Instagram: Comer_Alia
Hace unos días fue Tu BeAv, el día del amor en el calendario judío. Es una fecha que muchos no conocen, opacada por el San Valentín de febrero, pero que la tradición celebra desde hace siglos: no como el día en que el amor "se siente", sino como el día en que se recuerda que el amor es, ante todo, un verbo. Amar es hacer, es elegir, es sostener un vínculo día tras día — no solamente algo que a uno le pasa.Leer escrito completoReducir escrito
Hace unos días fue Tu BeAv, el día del amor en el calendario judío. Es una fecha que muchos no conocen, opacada por el San Valentín de febrero, pero que la tradición celebra desde hace siglos: no como el día en que el amor "se siente", sino como el día en que se recuerda que el amor es, ante todo, un verbo. Amar es hacer, es elegir, es sostener un vínculo día tras día — no solamente algo que a uno le pasa.
Y fue justamente en Tu BeAv que viajé tres horas para llegar a una jupá. Y no, no fui a ver debutantes. Fui a ver a una pareja que después de cuarenta y cinco años de matrimonio volvía a pararse bajo el palio, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el amor necesitara, cada tanto, repetirse la pregunta a sí mismo.
Por si alguien no lo sabía a esta altura: en Israel no existe el matrimonio civil. Acá uno se casa por la religión o no se casa. Así que esa ketubá firmada hacía casi medio siglo en otro continente no alcanzaba: había que celebrar la jupá en suelo israelí para que el vínculo tuviera validez legal. Dos países, dos épocas, un mismo compromiso que tuvo que volver a decirse en voz alta.
La novia entró fiel a su estilo: llamativa, con un tocado inglés y esos brillos que ninguna argentina logra dejar atrás ni siquiera después de 45 años de casada. La reconocí de inmediato: es mi referente. Verla entrar así, radiante, con la misma emoción que si fuera la primera vez, me voló la cabeza. Porque ahí estaba la prueba de que todo lo que creemos saber sobre el amor es, en el mejor de los casos, incompleto. Vivimos convencidos de que el amor es una emoción: algo que llega y que, cuando se va, simplemente se va. Pero esta pareja es la evidencia viviente de que el amor que dura no es, principalmente, un sentimiento. Es una decisión que se repite. Todos los días. Durante 45 años.
La fecha tiene raíces mucho más antiguas de lo que parece. La Mishná de Taanit cuenta que, en la época del Segundo Templo, las jóvenes de Jerusalén salían a bailar en los viñedos vestidas de blanco —con ropas prestadas, para que ninguna se avergonzara frente a las que tenían menos— y los jóvenes que buscaban esposa salían a elegir entre ellas, con la esperanza de encontrar el amor y formar familia. No era un día para "sentir": era un día armado, con reglas, con ropa igualada a propósito para que nadie eligiera por apariencia o por dinero. El amor, ya desde el Segundo Templo, se organizaba como una decisión comunitaria — no como un rayo que cae del cielo.
Esa misma lógica atraviesa el hebreo. La palabra ahavá (amor) tiene su raíz en hav, que significa "dar". No es casualidad: según esta tradición, uno no ama primero y después da, sino que da primero, y en ese acto, ama. El amor no se encuentra: se construye. Ahí está, quizás, la clave de por qué tantos vínculos contemporáneos se sienten frágiles: confundimos la intensidad del enamoramiento con la solidez del amor, y cuando esa intensidad baja, creemos que el vínculo fracasó. Pero el amor que sostiene una vida entera —hijos, mudanzas, discusiones, reconciliaciones— no se parece al enamoramiento. Se parece a un oficio. Se aprende, se practica, se elige. Incluso los días en que no hay ganas.
Bajo la jupá, los novios hicieron el kidush con una copa que había viajado desde las colonias judías de Entre Ríos. Una copa que ya vio otras bodas, otros brindis por el mismo motivo: seguir eligiéndose. En ese objeto minúsculo estaba resumida toda la historia de la inmigración judía a la Argentina, y ahora, la historia de esta misma pareja mudándose a Israel. El amor, además de elegirse, también viaja.
Fui a la cocina a cargar el teléfono y, de paso, a espiar qué se preparaba para la seudá jaguigit. Las mesas armadas al fondo de la sinagoga me devolvieron, de golpe, a mi zeide, a mi tío, a la sinagoga de Lanús. Esa imagen tan simple —una mesa esperando la cena— es también una forma de amor: la que se transmite generación tras generación, la que se sostiene aunque cambien los países y las caras. Me fui antes de la cena, tenía tres horas de vuelta por delante, pero esa mesa a medio armar quedó resonando como un eco de otras mesas, de otra época de mi propia historia.
Tal vez esa sea la enseñanza más simple y más difícil de esta noche: que el amor verdadero no se mide por lo que uno siente en el primer instante, sino por lo que uno sigue construyendo mucho después de que esa intensidad inicial se transformó en otra cosa. Un amor que no solo une a una pareja: une generaciones, mesas, sinagogas, y a quienes ya no están pero siguen presentes en cada ritual que se repite.
Escribo esto todavía en la ruta, comiendo las crackers de sésamo que me llevé para el camino, pensando que no hay forma más honesta de cerrar esto que con la frase que se volvió mi verdad:
Israel no se explica. Se come.






















