Silbidos, uvas y una identidad partida al medio
Daniela Lachster – Instagram: comer_alia
No hay ceremonia inaugural que se explique del todo desde las gradas. Se la saborea, y recién después se la entiende.Leer escrito completoReducir escrito
No hay ceremonia inaugural que se explique del todo desde las gradas. Se la saborea, y recién después se la entiende.
Miércoles a la noche, Teddy Stadium, Jerusalén. El calor del día había cedido y una brisa amable empezaba a recorrer las tribunas cuando una amiga me escribió: “¿Venís a la inauguración de los Juegos Macabeos?”. Acepté antes de preguntar qué era exactamente lo que estaba aceptando. Es una costumbre de vida, más que un acto de imprudencia.
Como en toda ceremonia, el apetito llegó primero. Mientras esperábamos el comienzo hubo uvas, pochoclos, almendras acarameladas y castañas de cajú. Busqué, por reflejo, al clásico cocacolero de los estadios argentinos. No estaba. En su lugar había puestos de comida distribuidos con una prolijidad casi quirúrgica. A veces un país entero entra en un detalle tan pequeño.
Los voluntarios del estadio, eso sí, tenían tantas ganas de trabajar como yo de ir al gimnasio. Hay fenómenos que no conocen fronteras: siempre existe alguien apoyado contra una baranda con expresión de estar organizándolo todo.
Me tocó la sección de los brasileños y pensé, con la lucidez que solo da el pochoclo: “Como Argentina salga primero, hoy me silban”. Y así fue.
Cuando entró la delegación, los silbidos llegaron con toda su intensidad tropical. No me inmuté. Al contrario. Esa hostilidad ruidosa es una forma de cariño futbolero que cualquier argentino sabe traducir sin subtítulos: si te silban, existís.
Argentina entró primera, con su desorden característico, ese caos que también es identidad y que en cualquier otro país sería motivo de vergüenza y en el nuestro es directamente folclore. Después desfilaron las demás delegaciones, con Estados Unidos e Israel llevándose el premio a la cantidad. La música —eso sí que fue un hallazgo— tenía algo que no había escuchado antes en un estadio. Era mi primera vez ahí, y el cuerpo lo supo antes que la cabeza.
Pero el verdadero desafío no estuvo en el campo. Estuvo adentro mío.
En algún momento de la noche me encontré sin saber a quién alentar: si a la tierra que me vio nacer, la que llevo tatuada en el pecho sin pedir permiso, o a la tierra que me recibió y en la que estoy volviendo a nacer, por segunda vez, con toda la torpeza y la ternura que eso implica.
No hay fórmula para esa emoción. Se cocina sola, a fuego lento. Y yo todavía la estoy aprendiendo a transitar.
Israel no se explica. Se come.

























