Mis propios temblores
Daniela Lachster – Instagram: Comer_Alia
Estoy comiendo mientras decido si voy.Leer escrito completoReducir escrito
Estoy comiendo mientras decido si voy.
No una ensalada prolija de “pros y contras”. Como de verdad: con la mano, sin apuro. Mirando el plato como si tuviera las respuestas que yo no tengo.
Llegué a este país hace poco. Hasta el acto de comer se volvió distinto: otros sabores, otros horarios, otra manera de sentarme a la mesa. Todavía estoy aprendiendo el idioma de mi propia cocina acá.
Me convocaron para una misión humanitaria en Venezuela. Un país que tembló dos veces este año y todavía no termina de pararse. Miles de muertos. Cientos de miles de niños que necesitan que alguien los abrace un poco más fuerte.
Y yo, que también tiemblo un poco —otra escala, otro motivo, pero tiemblo— no sé si tengo el piso firme para ir a sostener a alguien más. Mi economía de inmigrante nueva no perdona improvisaciones. Y sin embargo ahí está la convocatoria, mirándome con ternura, sin pedir permiso.
Que quede claro, porque lo digo con todo el cariño y ninguna excusa: no comparo mi temblor con el de ellos. El mío es una incomodidad que se administra con una app de banco. El de ellos tiene nombre, apellido y una cifra que crece cada semana.
Pero hay algo que sí quiero decir en voz alta: la generosidad perfecta no existe. La de quien espera tener todo resuelto antes de dar una mano.
Hay una vieja enseñanza judía que dice que hasta quien vive de la ayuda ajena está invitado a ayudar también. No cuando le sobre. Cuando pueda. Y a mí, esa idea me abraza más de lo que me exige: el temblor propio no me deja afuera. Me incluye.
El “momento ideal” —el mes con ahorros, la vida sin grietas— es un cuento que nos contamos para seguir esperando. Ese momento no llega solo. Nunca le llegó a nadie que yo conozca.
Ahí está el instante que me hizo dejar el tenedor en el plato: no se trata de si estoy lista. Nadie lo está nunca del todo. Se trata de si voy a usar mi propio temblor como excusa o como puente hacia alguien que tiembla más fuerte que yo.
Porque la escasez no es lo opuesto del cariño. Muchas veces es su origen más honesto. Quien nunca sintió que el piso se movía tiene el lujo de ayudar desde la comodidad. Quien todavía tiembla, y aun así levanta la mano, no da limosna.
Da lo único que tiene: a sí misma.
No sé todavía si esta convocatoria es la mía. Pero dejé de esperar el momento perfecto para responder que sí, porque ese momento casi nunca llega solo. A veces la decisión más grande de la vida se toma sentada a una mesa, masticando despacio, con la boca llena y el corazón un poquito más lleno todavía.
Israel no se explica. Se come.
Y a veces, entre bocado y bocado, también se decide con amor.

























