comer_alia: el León, el Tigre y el sabor de América Latina que llegó a Israel
Daniela Lachster
Quizás no sea casualidad que, mientras escribo esto, escuche una canción de mi juventud: Persiana Americana, de Soda Stereo. Una canción que, en algún momento, sonó en toda Latinoamérica. Yo la escuché en Buenos Aires antes de que Israel fuera mi casa, y ahora la escucho acá, y todavía me atraviesa igual.Leer escrito completoReducir escrito
Quizás no sea casualidad que, mientras escribo esto, escuche una canción de mi juventud: Persiana Americana, de Soda Stereo. Una canción que, en algún momento, sonó en toda Latinoamérica. Yo la escuché en Buenos Aires antes de que Israel fuera mi casa, y ahora la escucho acá, y todavía me atraviesa igual.
Algo está haciendo ruido en Latinoamérica, y no, no es una licuadora: es un León y un Tigre, dos apodos que juntos ya parecen el comienzo de una fábula. Pero no hay fábula. Hay dos países con personalidad propia, que incomodan, que hacen ruido, y que, en un mundo donde gobiernos que estrechan lazos con Israel pueden pagarlo caro en la opinión pública de su propio país, decidieron hacerlo de todos modos, sin pedir permiso ni disculpas.
El León. El Tigre. Argentina y Colombia: dos países enormes, dos culturas imposibles de ignorar, dos pueblos con historia, recursos, música, fútbol, comida, y esa costumbre tan latinoamericana de tener siempre algo que decir. Dos maneras de llegar sin pedir permiso.
Argentina: trigo, carne, mate, fútbol, asado y una selección capaz de convertir cualquier rincón del planeta en una sucursal emocional del Obelisco. Colombia: café, esmeraldas, arepas, Caribe, Shakira.
Porque hay algo que la geopolítica suele olvidar: los países también viajan, y sus ciudadanos también viajan, y con ellos viajan sus sabores, sus costumbres, sus canciones, sus palabras, sus recuerdos, su nostalgia. Viajan en las valijas, en las recetas de las abuelas, en el acento, en la música, en los olores. Y en Israel hay argentinos y colombianos que hace años vienen haciendo exactamente eso: traer un pedacito de Latinoamérica y volverlo parte de esta tierra.
La identidad, después de todo, no necesita anclaje territorial: le alcanza con un aroma o un acorde.
Lo viví durante el Mundial: cada partido era un regreso inmediato a Argentina. En mi vereda en Israel, el país se borraba durante noventa minutos, entre gritos, banderas y vecinos que se volvían hinchada. No era ver fútbol: era estar allá sin moverse de acá. Y entendí algo simple: el inmigrante no mira el partido, lo habita.
Los cancilleres firman comunicados que se olvidan en un año. Pero una vecina que te convida arepas un martes cualquiera firma algo que no se rompe. Esa es la diferencia entre un acuerdo y una pertenencia. Con cuatro años en Israel, ya me pasa lo mismo: la política firma acuerdos, pero es la vecina de al lado la que los vuelve reales, y Colombia hace exactamente eso.
Poné un Juan Valdez en la mesa y ese aroma, el mejor del mundo para mí, te transporta a sus cafetales, a ese clima que templa el alma. Por un instante, el eje cafetero aparece en la taza. Abrí una arepa, prepará un asado, cebá un mate, subí el volumen de un vallenato, gritá un gol, y de repente la distancia entre Latinoamérica e Israel se acorta bastante más de lo esperado.
Porque América Latina no llega a Israel con pasaporte diplomático. Llega con hambre. Y eso es mucho más poderoso de lo que parece.
Llegamos con sabores. Con palabras que nadie entiende pero que seguimos usando, con canciones que nos sabemos de memoria, con discusiones de fútbol que nadie pidió, con recetas que sobreviven cualquier mudanza. Y con esa costumbre nuestra de convertir cualquier mesa en un lugar donde no hacen falta tratados, ni protocolos, ni traductores.
Ahí, alguien te dice:
—¿Quiubo?
Otro responde:
—Che, ¿cómo estás?
Y en esa mezcla, sin que nadie lo planee, ya estás adentro. Solo hace falta alguien que cocine, alguien que sirva y alguien que pregunte: ¿qué comemos?
Quizás por eso el León y el Tigre me interesan más cuando bajan del mapa y se sientan a la mesa, cuando dejan de ser símbolos y se convierten en personas. No arriba: abajo, en lo cotidiano, en esa América Latina que ya está acá, viviendo, mezclándose.
Lo veo en mi propia vida: una vecina colombiana, unas arepas de queso, el mate sobre la mesa, una canción de Soda Stereo de fondo, después un vallenato de Carlos Vives y, entre una canción y otra, las conversaciones que mezclan acentos, recuerdos y palabras de dos países. Una empanada, que ya no sé si es más argentina o colombiana, porque alguien le puso encima un chimichurri con su toque, y así, sin pedir permiso, nació algo nuevo.
De repente, Argentina y Colombia no parecen países tan lejanos. Son vecinos, son acentos, son sabores, son música, son recuerdos que se reconocen. Porque mientras algunos dibujan mapas de alianzas, otros hacen algo bastante más antiguo: construyen pertenencia alrededor de una mesa.
Yo tengo 51 años y llevo apenas cuatro viviendo acá, y ya sé que esa es la diplomacia que de verdad perdura: la que no necesita traductor ni corbata. Y quizás esa sea la verdadera historia: que dos países pueden acercarse a Israel desde la política, pero sus pueblos ya habían llegado hace tiempo.
Si vos también llegaste con una valija y una nostalgia adentro, ya sabés de qué hablo. Llegaron con café, con carne, con trigo, con mate, con arepas, con música, con fútbol, con nostalgia. Y con hambre. Siempre con hambre.
Porque al final los países pueden firmar acuerdos. Los leones pueden rugir, los tigres también. Pero los pueblos hacen algo mucho más difícil: se mezclan. Y cuando se mezclan, inevitablemente alguien termina preguntando: ¿qué comemos?
Ahí empieza todo.
Israel no se explica. Se come.
Instagram: Comer_Alia























