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Una mirada sin bandera política sobre la política

Daniela Lachster
Escrito por Daniela Lachster
29 de agosto de 2026
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Me saqué una foto con un capuchino en Jerusalén, subí la historia, y mientras elegía el filtro se caía una coalición de gobierno. Bienvenidos a Israel. El único lugar donde mi feed y las noticias compiten por mi atención al mismo tiempo, y a veces gana la política.

Nadie me explicó esto cuando hice aliá. Me prepararon para el ulpán, para el clima, para que extrañara el asado. Nadie me sentó a explicarme que un día iba a tener que elegir bando en una ley. Y menos me avisaron que iba a terminar interesada en algo tan poco instagrameable como una Ley Básica.

Nací en Argentina, mis primeros años fueron de dictadura, y no elegí nada de eso porque era chica. Después volvió la democracia y con ella aprendí una regla clara. Allá votar es obligatorio, vas sí o sí, aunque sea a poner el voto en blanco, porque te lo exige la ley.

Pensar en las votaciones también me da hambre, la verdad. Me acuerdo de las mesas de votación con facturas que hoy extraño, el termo de mate circulando entre fiscales de mesa, y esos sándwiches de miga, o cualquier otro manjar que circulara ese día entre las mesas. El voto, allá, también se comía un poco.

Acá no. En Israel votar es opcional, pero al menos es feriado. Un día no laborable en el que como, voto y después salgo a pasear, todo con la misma calma. Y sin embargo voy a ir igual, porque a mí no me lo pide la ley, me lo pide mi propia historia. Cuando de chica no tuve con qué opinar, de grande no pienso regalar la oportunidad de tenerla.

Encima acá el voto rinde distinto. Sistema proporcional, sin distritos, cada voto directo a la bolsa nacional de bancas. Nada de que total mi voto no cambia nada. El mío, de inmigrante relativamente recién llegada, pesa exactamente lo mismo que el de alguien que nació en un kibutz comiendo hummus casero desde la cuna.

Para entender por qué acá una sola ley puede voltear un gobierno entero hace falta un dato. Israel no tiene una Constitución de una sola vez, como la Argentina. Tiene Leyes Básicas, que son como los cimientos de la casa, construidos de a un ladrillo por vez, y cuando se toca uno, tiembla todo el edificio. La última que se puso sobre la mesa declara el estudio de la Torá valor fundacional del Estado. No vengo a bajar línea sobre si esa ley está bien o mal, de eso ya se ocupan de sobra en cada grupo de WhatsApp, sino a contar cómo funciona el mecanismo. Todavía está en discusión, la coalición la impulsa, buena parte de la oposición la objeta, y ahora quedó en manos de la Corte Suprema, que es la que finalmente decide si el ladrillo se queda o se saca.

Y seamos honestos. Estoy escribiendo esto en pleno verano, con medio Israel en la playa o directamente de viaje afuera, y a nadie le da la cabeza para pensar en Leyes Básicas con la arena todavía pegada en los pies. Después vienen las Altas Fiestas, Rosh Hashaná, Iom Kipur, Sucot, con toda la familia, la mesa puesta y el brindis por un buen año que me hace olvidar hasta que existe un Parlamento. Y justo cuando termino de guardar el majzor y la vajilla de las fiestas, ahí nomás, sin avisar, me cae encima el bombardeo informativo de las elecciones. El 27 de octubre votamos, y entre el verano y las fiestas voy a tener, como mucho, un suspiro para prepararme antes de que el algoritmo me devore con spots de campaña.

Voy a votar en octubre. No porque me obliguen, sino porque una infancia sin voz me enseñó a no desperdiciar la que tengo. Total, quejarme sin votar es gratis. Votar es lo único que cuesta algo, y por eso vale.

Israel no se explica, se come.

Instagram: Comer_Alia

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