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Crómicas de Shabat: POR LA CARRILERA

Marlene Manevich
Escrito por Marlene Manevich
09 de mayo de 2026
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Fuimos de Budapest a Viena en tren. Cuando compramos los tiquetes de avión, compramos de una vez los del tren, así que íbamos tranquilos con todo listo. Llegamos a la estación y no había un humano a quién preguntarle nada en ninguna de las taquillas. En el tiquete decía 12:40 hora de salida. En la pantalla decía 12:30. Sabemos que en Europa la hora de salida de los trenes es muy exacta, pero no aparecía un tren que saliera 10 minutos después y el número (mispar) de tren correspondía al que teníamos en el tiquete, así que asumimos que era ese. Nos subimos y nos acomodamos, pensando que no iban a salir dos trenes para Viena con 10’ de diferencia. Nadie nos preguntó, nadie nos revisó nada.
Cuando nos sentamos, el vagón estaba vacío y cuando se acercaba la hora de partida se empezó a llenar. Se subió una señora (gveret) con 3 hijos y balbuceado en un húngaro nada claro, trato de explicarnos que ese era su puesto. Yo le mostré mis tiquetes y en inglés le decía que era mi puesto. La verdad es que mis tiquetes no tenían asignado número, pero habíamos pagado. Pensamos que de pronto habría que haber validado en la máquina, pero seguía la duda. Muy amable, diferente a los demás húngaros tan poco atentos, nos dejó permanecer en nuestros puestos y distribuyó a sus hijos en otras sillas alrededor. Finalmente se sentó al lado de Reuven y le indicó a su hijo que se sentara al lado mío. Se subieron otros viajeros y le reclamaron a ella que esos eran sus puestos. Ella muy amable se movió e hizo cambiar a los hijos
(ieladim). Reuven me había dicho que tendrían que traer un policía que le dijera en inglés que se parara. Yo estaba apenada, pero qué culpa no entender húngaro y que ellos no entendieran inglés. Entre señas y sonrisas logramos entender. En un momento dado se armó un lío con la asignación de sillas. Todos parados, menos Reuven y yo que estábamos plácidamente acomodados en nuestras sillas autoasignadas. Lo único seguro era que íbamos para Viena. Yo descansé cuando por fin se acercó un ser humano a chequear nuestros boletos e hizo un gesto en húngaro de aprobación. Inhalé, exhalé y pensé: estamos en el lugar correcto.

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