
Diez millones de personas. Un número que va más allá de una estadística, porque dentro de él hay historias, sueños, alegrías y también dolores. Israel ha superado la barrera de los 10 millones de habitantes, según el informe más reciente de la Oficina Central de Estadística. Pero, ¿esto nos define como una nación unida o solo como cifras dispersas? En estos tiempos inciertos, la gran pregunta no es cuántos somos, sino qué nos mantiene juntos.
Diez millones de vidas entrelazadas, conectadas por momentos de felicidad y de adversidad. Pero también, diez millones de fragmentos, que en estos días parecen estar más alejados que nunca.
Enfrentamos días oscuros. La angustia por el destino de los rehenes nos consume, mientras Hamas juega perversamente con sus vidas en cada negociación. Nos vemos obligados a encender la televisión cada Shabat, con la incertidumbre de qué sucederá. Abundan los nuevos "analistas políticos", y el debate se polariza entre Trump, Netanyahu, la izquierda, la derecha, e incluso la controversia sobre si los haredim deben alistarse o no. Las declaraciones de los políticos nos dejan atónitos, mientras la seguridad sigue siendo una preocupación constante, más aún con la liberación de numerosos presos terroristas palestinos.
A esto se suma una crisis económica que golpea a miles de familias, con un costo de vida en ascenso. Pero quizás la herida más profunda y silenciosa que enfrentamos es la fractura de nuestra unidad. Esta división no nació el 7 de octubre, pero la tragedia la hizo imposible de ignorar.
Los números lo confirman, pero las miradas en las calles también lo dicen. Un estudio de la Asociación Pediátrica Israelí reveló que el 83% de los niños en el país están atravesando algún nivel de angustia emocional desde el ataque. Investigaciones de la Universidad de Tel Aviv son aún más crudas: ****el 23% de los adultos judíos israelíes, que no estuvieron expuestos directamente a los horrores de ese día, presentan síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT), en comparación con el 4.5% diagnosticado antes del conflicto. Además, alrededor del 55% de estos adultos sufren de ansiedad clínica en diversos grados, y cerca del 23% experimentan ansiedad clínica de moderada a alta intensidad.
No es solo cómo nos recuperamos. Es cómo nos encontramos de nuevo. ¿Podemos reconstruir nuestra unidad en medio del dolor? ¿Podemos reencontrarnos como pueblo, más allá de nuestras diferencias?
Este es el desafío. Y la respuesta... tal vez ya esté en nuestras raíces.
Esta semana celebramos Tu Bishvat, el "Año Nuevo de los Árboles", un recordatorio de que la vida sigue, incluso cuando todo parece seco y estéril. Que las estaciones cambian, que la tierra se renueva, que lo que hoy es solo una semilla mañana puede convertirse en un bosque.
Los árboles nos enseñan sin palabras. Nos muestran paciencia, porque los frutos tardan en llegar. Nos inspiran perseverancia, porque crecen sin certezas. Nos dan una lección de resistencia, enfrentando vientos y sequías. Y nos inculcan fe, porque aunque hoy solo sean raíces ocultas, mañana serán un bosque majestuoso.
Nosotros, como nación, somos como esos árboles. Nos han azotado tormentas, nos han probado sequías, hemos visto inviernos que parecían no tener fin. Pero no nos hemos rendido. Seguimos aquí, con las heridas del pasado marcadas en nuestra corteza, pero con la mirada puesta en el futuro, con nuestras ramas extendiéndose hacia la esperanza.
Hoy, más que nunca, debemos pensar como quienes siembran un árbol: no por la sombra que dará mañana, sino por los frutos que otros recogerán después de nosotros. Debemos afianzar nuestras raíces, nutrir nuestra identidad y abrazar nuestra unidad, porque solo juntos podemos resistir los vientos más fuertes y seguir creciendo, sin miedo, hacia el cielo.
Tu Bishvat nos recuerda que cada semilla que sembramos hoy, cada acto de unidad, cada esfuerzo por sanar las heridas, es una inversión en el futuro de nuestra nación. Y aunque los frutos no lleguen de inmediato, aunque el camino sea difícil, la historia nos ha demostrado que el pueblo de Israel siempre florece.