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Lágrimas y/o crómicas de Shabat

Marlene Manevich
Escrito por Marlene Manevich
Notiolei 685
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Por lo general me pasan cosas divertidas. A veces son fuera de lo común, a veces son normales, pero sucede que no todos las saben expresar en la palabra escrita o les da pena contar cosas que pueden parecer un poco tontas. Yo tengo la facilidad de poder narrar en palabras acontecimientos que carecen de importancia , pero escritos se convierten en algo divertido y lo otro, es que me río de mí misma, así que si parezco un poco tonta, no me importa y al contarle a otros lo que me pasa, tal vez se identifican y eso me hace menos tonta. En estos días no me ha pasado nada divertido, así que les comparto este escrito, que no se clasifica, ni en crómicas, ni en lagrimas. Quizás algunos de ustedes me puedan ayudar a clasificarla. Por lo pronto aquí va.
Antes de latus (viajar) a Colombia había empezado a trabajar con una niña de 3 años (shloshá shanim) Ya aprendí a saber que shloshá, aunque la traducción parezca nekevá (femenino) por aquello de la a, para nuestras mentes latinas, es totalmente zajar (masculino).
Cuando fui a la entrevista me atendió la mamá, una linda y amable soldada (haieled)
Aquí es muy común que todos sean soldados y en la mayoría de las casas hay colgado en alguna parte un uniforme militar y un arma.
Alcancé a trabajar un día y tuve que viajar de urgencia a Colombia por la muerte de mi papá (Qpd). Me dijo que me esperaba y la mejor señal fue que me dijo que no le devolviera la sillita de bebé para el carro. Eso me dio la confianza de que me guardaría el trabajo (avodá),
Ustedes se preguntarán por qué tengo tantos trabajos. Es una cuestión económica. La gente necesita ayuda, pero de pronto, no puede pagar tantas horas seguidas, así que yo trabajo unas horas en un sitio y otras en otro y eso, en tiempo suma. Además no me aburro por la diversidad de personas con las que me relaciono.
Cuando regresé del viaje, fui a recoger a la niña (ialdá) al colegio y esta vez me recibió con una sonrisa y más confianza. Llegamos a la casa y nos abrió la puerta su hermanito mayor con un fusil de juguete en la mano. Se pusieron a jugar (lesajek) los dos y a disparar, originando una verdadera batalla. El niño tenía una caja llena con diferentes estilos de armas. Llegó a mi mente una imagen de cuando mi hijo Danny era pequeño y un día hicimos un trato. Vivíamos en un país de mucha violencia y había que erradicarla, al menos en la mente de los niños, esos futuros dirigentes de la sociedad. El trato consistió en poner todas las armas de juguete que tenía, en la chimenea y prender fuego para quemarlas. Ustedes pensarán que es un pesar quemar juguetes, cuando hay tantos niños que los necesitan. Pero es un asunto de educación: para qué queremos que los niños se críen con armas cuando lo que queremos es paz?
Ese fue un acto de heroísmo y de paz para un niño que le gustaban sus juguetes guerreros.
Pero para un niño israelí no tiene sentido deponer las armas. Son niños guerreros que desde pequeños aprenden el valor de la vida y la defensa de los ideales. Son criados para defender y atacar cuando lo hacen en defensa propia.
Aunque me impactó verlos jugar con armas, me transporté en el tiempo a esa imagen de la infancia de mi hijo y entiendo perfectamente que los niños israelíes sean guerreros desde su más tierna edad. Y no tienen por qué, sus madres prohibirles esos juguetes, pues hacen parte del arsenal de sus vidas. Necesitan proyectarse para cuando estén en edad de ir al ejército, lo puedan hacer con la mayor naturalidad, como parte normal de sus vidas. Aquí la vida militar confluye con la vida civil. La diferencia radica en ponerse o quitarse el uniforme de la tzavá (ejército). Muchas veces vemos en el centro comercial o en un restaurante (misadá) civiles con armas colgadas, caminando con mucha naturalidad. Con la misma naturalidad que vemos a los jaialim (soldados) bajarse del tren (rakevet) o subirse a un bus, armados hasta los dientes. Hay imágenes fuertes, como un niño agarrado de la mano de su padre , a quien le cuelga un fusil en el hombro. En casi todos los países, matar es un delito, pero aquí cuando un civil mata en defensa propia es un acto de valentía permitido. Por eso desde tan pequeños aprenden a manejar y a relacionarse con las armas, como
parte de sus juguetes habituales.
Recuerdo cuando en mi país iba al banco y estaban los de la compañía de vigilancia (Brinks) adentro y no nos dejaban salir hasta que ellos no terminaran su labor de vigilancia. Me daba pánico, pensar en que podía haber una balacera en cualquier momento. Aquí todavía me siento un poco extraña al verlos armados, pero siento que son responsables y que primero está la vida de los civiles y que puedo estar tranquila, que sólo me van a defender.



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