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Crómicas de Shabat - Fuimos a Mercar

Marlene Manevich
Escrito por Marlene Manevich
Notiolei 682
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El señor que yo cuido me pidió que si lo llevaba a mercar. Por supuesto que lo llevé. Normalmente mercar es un acto sencillo que no requiere de mucho esfuerzo, pero mercar con una persona de 93 años que se siente de 50, es un poco más difícil. Reuven se imaginó que no iba a ser fácil para mí ir sola, pues la tarea conllevaba mucha responsabilidad, así que decidió acompañarme.

Esto lo hacía con mi papá, pero era mi papá. Si le llega a pasar algo a este hombre, me lo cobran como nuevo. A veces se tambalea un poco, aunque rápidamente se agarra de la kir (pared) y se sostiene. Cuando alcanzo a ver antes, ani ratz (yo corro) y le ayudo. Pero si estoy en el mercado puede ser un riesgo.

Son muchos los detalles de lo que puede suceder en una actividad tan sencilla como mercar. En mi tierra antioqueña decimos mercar. Una amiga también colombiana, pero de otra región, me decía que era muy chistoso oír la palabra mercar, que se debía decir hacer mercado, como una acción seguida de un sustantivo y no como un verbo.

En fin, fuimos a mercar. Me estaba esperando vestido más formal de lo usual y con una neverita portátil en la mano. Después supe que ahí guardaba los congelados que compraba, para que no se dañaran en el camino de vuelta a la bait (casa). La edad nos enseña a ser más precavidos.

La gente mayor, es un poco lenta en sus movimientos, pero don Abraham es un poco rápido. Terminaba de escoger los mangos y ya estaba rumbo a las manzanas y así todo el tiempo. Más que ayudarle, yo iba a llevarlo en mi carro, a acompañarlo y a supervisar que no le pasara clum (nada).

Estaban limpiando el piso con una máquina y yo me estremecía de pensar que no se fuera a resbalar. Terminada la tarea, regresamos a su casa. Estaba agitado, pues sus 93 años le pesan, pero así y todo se puso a organizar el mercado. Pude ayudarlo en algo, en la medida en que me lo permitía, pues tiene su propia forma de guardar y de organizar.

Finalmente me permitió, no sin algo de desconfianza, acomodarle los beitzim (huevos) en la cubeta de la mecarer (nevera) y eso porque lo venció el cansancio. Yo también quede agotada, pues me tocó cargar más cosas de lo normal y eso que él me ayudaba. Estaba muy agradecido y me lo manifestó varias veces. El mercado quedó guardado y yo quedé de recoger con cucharita.

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