
Hace 39 años, una nena de 12 parada en un templo de Argentina leyó una frase en hebreo sin entender muy bien qué le estaba pasando por el cuerpo: "Lej leja me'artzeja, umimoladetja, umibet avija, el haaretz asher arekka". Traducido al criollo: dejá tu tierra, tu lugar, la mesa de tus viejos, y andate a un lugar que ya te voy a mostrar.
En ese momento era solo la lectura del Bat Mitzvá, el vestidito, los nervios y los parientes felicitando. No sabía que estaba leyendo el tráiler de mi propia vida. Hoy, tomando mate acá, me doy cuenta de que eso no fue un trámite. Fue una semilla con efecto retardo.
Vivimos en la era de Waze. Ponés la dirección, te dice si hay tráfico, dónde hay un pozo y a qué hora exacta vas a estar bajando del auto. Si te equivocás de calle, una vocecita robótica te dice "recalculando". Hoy nadie se pierde. Pero tampoco nadie camina sin que una pantalla le diga hacia dónde mirar.
Ahora imaginate a Abrám. Dios no le mandó una ubicación en tiempo real ni le prometió horario de llegada. Le dijo: a la tierra que te voy a mostrar. Es decir: arrancá, que en el camino te vas enterando.
Waze necesita un destino. Abrám necesitó agallas.
Nosotros no salimos a la calle sin poner el destino exacto. Abrám agarró las cosas con una sola garantía: una promesa. Quien hizo aliá entiende esto con el cuerpo. Nadie llega a Israel con todo resuelto. Llegás en un vuelo de madrugada con valijas infladas, un hebreo que parece un trabalenguas, trámites de la burocracia que te dan ganas de llorar en la fila del supermercado y esa certeza terca, casi irracional, de que este es el lugar.
Los tres desprendimientos duelen
A Abrám le pidieron tres cosas: su tierra, su cuna y la casa de su padre. Y cada una se siente diferente.
- La tierra: Se deja el paisaje, el olor a lluvia en la calle de siempre, el acento que no hay que explicar.
- La cuna: Se dejan los lugares donde fuiste chico, la esquina donde te juntabas, la cotidianidad.
- La casa de los viejos: Se deja la mesa de los domingos, los abrazos en vivo y en directo que pasan a ser una carita pixelada en WhatsApp.
Ninguna aplicación de mapas te calcula el costo emocional de eso. Tampoco lo que se gana.
Waze evita el tráfico. La vida te mete en el medio.
La app busca la ruta limpia. El camino de Abrám (y el de cualquiera que arme las valijas) incluye embotellamientos, nostalgia, dudas y días de querer mandarlo todo a la mierda. Abrám también bajó a Egipto por hambre, también tuvo miedo, también metió la pata. Y cuando se equivocó, no hubo voz robótica que le dijera "gire en U". Tuvo que volver él, con humildad, a levantar la carpa de nuevo.
Porque "recalcular" no es apretar un botón: es una decisión de todos los días. Y aun así, la Torá dice que creyó. La fe no es no tener dudas. La fe es seguir haciendo el hummus, prendiendo las velas o abriendo el negocio aunque tengas el alma llena de preguntas.
Waze te lleva a un lugar. Lej leja te lleva hacia vos.
En hebreo, Lej leja también se lee como "andá para vos, para tu propio bien". Hacer aliá no es solo cambiar de dirección postal. Es desarmarte y volver a armarte en otra lengua. Es descubrir quién sos cuando nadie acá conoce tu pasado y te toca contar tu historia desde cero, tropezando con los verbos.
En este trayecto, Abrám pasa a llamarse Abraham: suma una letra en hebreo (Hei), pero en realidad cambia de identidad. Quien emigra también cambia de nombre por dentro, aunque conserve el mismo DNI.
Hoy, la piba que temblaba frente a la Torá en Argentina y la mujer que vive acá son la misma persona. Aquella promesa de la que leí de chica hoy tiene olor a comida cocinándose, tiene casa, tiene hijos que hablan en hebreo fluido y un acento que ya es parte del paisaje.
Así que antes de poner la dirección en el teléfono esta semana, hacete una sola pregunta: ¿cuál es tu Lej leja? ¿Qué paso estás esperando dar que ninguna pantalla te va a marcar?
Cuando lo sientas, no esperes a que "calcule la ruta". Arrancá. El camino se va haciendo mientras caminás.
Israel no se explica. Se come.
