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Berta lo sabía todo y no nos dejó nada por escrito

Daniela Lachster

Daniela Lachster

Israel no se explica. Se come.

24 de octubre de 20026

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¿Vas a ir a votar?

Dicen que en toda democracia hay un testigo que lo ve todo y no dice nada. En el edificio viejo de la Knéset ese testigo tenía delantal y una bandeja: Berta, la mesera. Desde la planta baja de ese edificio chiquito, donde convivían el poder ejecutivo y el legislativo, alimentó al primer ministro y al último de los empleados sin preguntarles jamás por quién votaban. Escuchó pactos, portazos y traiciones con borsch de por medio.

Fui al museo y pensé en las elecciones del 27 de octubre. Mi primera parada, obvio, fue la cafetería, porque me gustan las historias de comida. Y ahí estaba ella, en bronce, detrás de la barra, con la media sonrisa de quien ya lo escuchó todo.

Berta tiene su estatua igual que Jaim Weizmann, David Ben Gurion y Golda Meir, y su importancia no es menor: fue testigo presencial de todo lo que sucedía en este país y lideró el silencio ante tanta información. Hay estatuas para quienes hablaron y esta es para quien supo callar, el único archivo que ningún ministerio logró desclasificar.

La historia, que suele ser ingrata con quienes sirven la sopa, le hizo justicia. Una mesera entre próceres, en la única cadena de mando donde el último eslabón tenía la llave de la cocina. Me saqué una selfie con ella, como corresponde ante una autoridad.

Corría el tzena, el racionamiento de 1949 a 1959: un país recién nacido, casi en quiebra, con filas, huevos en polvo y mercado negro. En la calle se compraba con cupones, pero puertas adentro de la Knéset se pagaba con prutot, el centavo de la época. El almuerzo costaba 550 para los diputados y 500 para los empleados. Berta servía a todos por igual, aunque la cuenta no.

¿Y qué se comía? Borsch, gefilte fish, huevos duros, hígado picado y holodets, esa gelatina fría de huesos y patas hervidos hasta sacarles el alma, con ajo y trocitos de carne. Una receta ashkenazí nacida para aprovechar lo más barato del animal.

Confieso mi desacuerdo histórico con ese menú: el holodets es de lo poco que no me gusta. De chica lo miraba con horror y me preguntaba cómo era posible que fuera justo lo que a mi zeide le encantaba. En la vitrina del museo sigue ahí, con su huevito arriba, mirándome fijo. Ni en gelatina ni en bronce me convence.

Y todo bajo una nube de humo. No era metáfora: la Knéset tenía su propia marca de cigarrillos, con escudo, corona y un eslogan que decía "la elección del pueblo". Democracia en cajetilla, con cenicero de madera sobre la barra de Berta. Los más jóvenes quizás no lo imaginen, pero no existían los edificios libres de humo y todo estaba atravesado por el cigarrillo, hasta la democracia. Y hay que decirlo: no es muy democrático que te fumen encima cuando vos no fumás.

Berta no dejó memorias, dejó bronce. Nosotros tenemos internet, que es lo contrario: muchísimo dato y cero Berta. Entre el rumor con buena tipografía y la fuente confiable, lo único que me convenció fue la pared del museo, donde Yosef Sprinzak, primer presidente de la Knéset, comparó al país con un árbol y pidió cuidarlo para que crezca, dé fruto y a su sombra habiten seguros todos sus residentes.

Un árbol tiene ramas, tronco y raíces. Y las raíces, queridos lectores, no salen en las fotos pero sostienen todo. Mi zeide, con su holodets, era raíz. Los que hicimos alia también lo somos: con otro idioma, sin demasiado lugar en la mesa y aun así necesarios. Que nadie lo olvide, empezando por nosotros.

El 27 de octubre son las elecciones, las primeras en casi 40 años que se hacen en la fecha fijada por ley. Se eligen 120 bancas, las mismas que tuvo siempre la Knéset. En la época de Berta te llevaban la urna hasta tu casa. Hoy alcanza con caminar unas cuadras, y así lo veo yo: votar es nuestra obligación ciudadana.

Así que comamos algo rico, una sopa, un gefilte fish, un pancito, y el holodets queda a criterio de cada uno. Y después vayamos a votar. La llave es la democracia, y Berta lo habría servido con una sonrisa y sin preguntar por quién votabas.

Israel no se explica. Se come.

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