
Testimonio personal sobre el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y sus meses posteriores.
07/10/2023 07/10/2026. Ayer, hoy. Pasó el tiempo, no tanto.
Aprender a vivir en guerra. Algo que ni en la peor pesadilla imaginé que me iba a pasar hasta que me pasó.
Siete de octubre. La fecha ya no cabe en un calendario, cabe en el cuerpo. Los historiadores hablan de la memoria colectiva como si fuera un archivo ordenado, con fichas y estantes. Mentira. La memoria de un trauma no se archiva, se aloja. Se instala en el músculo, en el reflejo, en la forma en que el cuerpo se pone en alerta antes de que la mente entienda por qué. Ese día el tiempo dejó de ser una línea recta y se volvió elástico, como la masa de un jalá antes del horno, se estiraba distinto según quién lo mirara. Para mí, la madre, la ciudadana, la hermana, fue todo a la vez, un segundo eterno, un país entero suspendido, una espera sin forma. Tres identidades que hasta entonces yo creía repartir en turnos, y que de pronto tuvieron que ocupar el mismo cuerpo, al mismo tiempo, sin pedir permiso.
Las ciudades se transformaron. Tel Aviv, la que nunca dormía de fiesta, empezó a no dormir por otra cosa. Y nosotros nos transformamos con ellas, aprendimos a mirar el cielo buscando algo distinto a las estrellas, a escuchar una sirena y contener la respiración un segundo de más, a medir los días no por el calendario sino por quién volvió y quién no. El país se transformó, se volvió por un tiempo una sola familia estirada hasta el límite. Y el mundo también se transformó, aunque de otra manera, se dividió, opinó, eligió bandos antes de preguntar un solo nombre, como si la geopolítica fuera más fácil de digerir que la empatía. Pero yo aprendí algo que no depende de bandera ni de idioma, no hace falta ser israelí para reconocer el miedo de una madre esperando un mensaje que no llega. No hace falta esta guerra puntual para saber lo que es el terror de perder a alguien sin aviso. Eso, también, es un idioma sin traductor.
El sonido de las alarmas no se olvida, se guarda en el mismo lugar donde el cuerpo guarda el hambre y el miedo, que resulta ser, contra toda lógica, el mismo cajón. Hay algo casi filosófico en eso, y también un poco ridículo si somos honestas, que el terror y el apetito compartan domicilio, que sobrevivir y nutrirse sean, en el fondo, la misma pulsión con nombres distintos. Ser madre de soldado es una categoría que ningún manual contempla, y que ningún diploma prepara. Un idioma que se aprende de golpe, sin gramática previa, con el único instinto de contar los minutos entre un mensaje y el siguiente. Esa espera, vacía y llena a la vez, también es una forma de lenguaje.
No voy a describir el dolor colectivo, ni el personal, ni el más cruel de todos, el de no saber. Ese dolor no se describe, se atraviesa. Pero puedo decir esto, en medio de la polarización de estos días aprendí, aprendimos, la contracara exacta. La unión. La compañía. La mano tendida sin pedir currículum ni ideología, sin preguntar antes de qué lado estabas parado. Donación de tiempo, de trabajo, de comida, de sangre, de dinero, y así, y así, y así, porque la lista de lo que la gente fue capaz de dar no termina nunca. Esa es, quizás, la única infinitud hermosa que dejó el horror, que ahí donde todo se derrumbaba, alguien encendía una luz sin que se la pidieran, alguien se sentaba al lado del que estaba solo, alguien levantaba, entre los escombros, pequeñas construcciones que nadie había planeado pero que sostuvieron todo. Como si un país, cuando se le cae el techo, decidiera reconstruirse primero por la cocina, que, dicho sea de paso, es la habitación más subestimada de cualquier crisis.
Y yo comí. Por angustia, para calmarme, para arrancarme un poco de alegría cuando no había otra forma de conseguirla. Comí, sobre todo, porque la comida era el único idioma que hablaba sin traductor, se puede rezar masticando, aunque ningún rabino lo haya puesto nunca en un libro de oraciones. Mi botiquín de emergencia, ese que armé con lo que tenía, como inmigrante nueva que dibuja un mapa sin conocer del todo el territorio, hoy está vacío. Lo mantengo en su lugar, no porque lo necesite, sino porque es un monumento diminuto, un altar doméstico a un momento que fue. Vacío, pero ahí. Como una cicatriz que una deja ver a propósito, porque olvidar sería la verdadera herida.
Parece tonto reducir tanta historia a un plato. Pero la comida siempre estuvo, mucho antes que la teoría política y mucho después de que se agoten los discursos, que en general se agotan bastante rápido. Acompañó a los soldados en la frontera de lo posible, a las familias en el filo de la pérdida, a quienes vivían en los refugios contando los días por comidas y no por fechas, porque cuando el calendario pierde sentido, el estómago se vuelve el único reloj confiable. La comida no resuelve nada y sin embargo lo sostiene todo, es la forma más antigua que tenemos los humanos de decir seguís vivo, y yo también, y vamos a comer juntos para probarlo.
Esto no lo inventé yo. El judaísmo hace milenios que recuerda comiendo, hierbas amargas para no olvidar Egipto, dos panes para recordar el Shabat. Yo no lo sabía cuando comía sola frente a mi botiquín vacío. Lo hacía igual, con la misma fe ciega con la que se hace cualquier ritual antes de entenderlo.
Me detengo, siempre me detengo, en ese instante en la plaza de los secuestrados, ese nombre que nació espontáneo y que hoy, con los rehenes ya de vuelta, es el nombre oficial del lugar, esperando una liberación sin horario fijo. Ahí compartimos jalot con desconocidos. Partimos pan con gente cuyo nombre no sabíamos y cuyo dolor, de pronto, era exactamente el nuestro, sin jerarquía, sin la distancia que suele poner la biografía entre un cuerpo y otro. Nos abrazamos. Lloramos. Cantamos con desconocidos al lado, y al final, al final de las palabras, al final de las banderas y los argumentos, que son, ahora lo sé, la parte menos importante de cualquier tragedia, sentimos lo mismo. Eso también hay que decirlo con la boca llena, que el duelo compartido sabe a pan tibio, y que no hace falta traducción para masticar juntos la misma pena.
Israel no se explica. Se come.
Que el recuerdo de los secuestrados y los asesinados sea una bendición.
