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comer_alia: voluntariado con el corazón lleno

Daniela Lachster

Daniela Lachster

Israel no se explica. Se come.

26 de septiembre de 2026

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Esta es mi experiencia singular del voluntariado de hace algunos días.

Mi camino comenzó hace algunos años en el espacio de Alma, de la Comunidad Amijai, en Buenos Aires. Ahí aprendí tanto. El voluntariado, sí, pero también conocí gente maravillosa que todavía me acompaña a la distancia, aunque el océano se haya metido en el medio.

Y aprendí algo más grande, algo que solo se aprende con el tiempo: que los lugares son efímeros. Hoy estás en un lugar, y por ahí todo cambia en un abrir y cerrar de ojos.

Nunca pensé que ese trabajo me iba a dar esa base para ser voluntaria acá, del otro lado del mundo.

Ser voluntario en Israel parece igual que en Argentina. Y en un punto lo es. Pero no.

Acá muchos trabajamos muchas horas. Trabajos físicos: fábricas, jardines de primera infancia, súper, manejando de punta a punta de un país que se recorre en un día pero se siente eterno. Trabajo.

Y solo algunos, pocos, la tienen cómoda en una oficina. El resto la remamos de una manera que ninguna palabra describe del todo.

Y lo más importante: después del día laboral, cuando el cuerpo ya no da más, compartimos el poco de energía que nos queda. La sacamos de un lugar que no es el cuerpo — es el corazón — para devolver algo de lo que este país nos dio.

Y ahí, sin pedirlo nadie, nos ofrecemos como voluntarios.

Mi experiencia de voluntariado es con Jailim del Asado. Fui a una base, con soldados reservistas, soldados de carrera y soldados de servicio compartiendo el mismo pasto, la misma tierra caliente.

Se hizo al ha-esh — tirar carne rápido y comer con los dedos, porque amigos, esto es Medio Oriente, y acá el protocolo se rinde ante el hambre y la alegría.

Con otra voluntaria preparamos los panes, pusimos las ensaladas, y después servimos la carne junto a unas personas divinas de México que conocí ese día y que ya llevo en el corazón para siempre.

Energía positiva en el caluroso Israel, a pesar de un agotamiento laboral capaz de noquear a cualquier atleta olímpico.

Y justo ahí, en medio de ese cansancio que pesa en los huesos, empezaron a llegar soldados e instrumentos musicales, como si el universo supiera el momento exacto.

Me sentí en Cosquín — para los que no saben, una ciudad de la provincia de Córdoba, República Argentina, donde la música no pide permiso — como en una de esas peñas que cantan hasta que las velas no arden más.

Hubo música que se metía en el pecho.

Hubo agradecimiento genuino, sin poses.

Hubo dar y recibir en proporciones imposibles de medir.

Hubo humo de parrilla invitando desde lejos: vengan, coman, quédense un rato más.

Y hubo algo más — algo que ni el hebreo ni el castellano alcanzan a nombrar del todo.

Con las fuerzas justas y las emociones sin anestesia, este país volvió a sorprenderme.

Otra vez la gente dando y recibiendo, mezclada, indistinguible — el que sirve y el que recibe, cambiando de lugar cada cinco minutos.

Y ahí, mi emoción, mi fuerza, mi alma llena como mi panza.

Sé que esta columna es larga. Larga como la fila del súper un viernes antes de Shabat.

No la voy a cortar.

Una aliá difícil no entra en dos líneas. Se cuenta entera, o no se cuenta.

Y al que me quiera opinar que mi aliá es muy difícil: le presto mi vida una semana. Le doy mis zapatos. Que camine lo que yo caminé, y después opine.

Israel no se explica. Se come.

Instagram: Comer_Alia

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