
Hay algo de esta época en Israel que no puedo explicar del todo, tengo que vivirlo. Me subo a una terraza en Jerusalén, que tengo cerca, y no dejo de ver sucot para todos lados, como si la ciudad entera se hubiese puesto el mismo disfraz de ramas y telas. Lo mismo veo en Modiin, y me imagino que en cada ciudad del país se repite la misma escena. Camino por la calle y me las voy topando: algunas apenas armadas, otras ya llenas de invitados, de risas, de olor a comida que sale por los costados. Es la única época del año en que siento que el país entero vive un poco más afuera.
Desde que llegué a Israel tengo mi propia sucá, y todavía no me acostumbro al lujo que es eso. Me encanta sentarme ahí, sentir el clima, no tener apuro. Y esa misma lógica, la de no complicarme, es la que terminé aplicando este año en todo lo demás: no planifiqué nada, cero Pinterest, cero lista con anticipación. Llegó Sucot y yo estaba mirando la heladera como quien mira un examen que no estudié, con la esperanza de que algo de lo que había ahí adentro me salvara.
Así que agarré lo que había. Un pepino, un tomate todavía firme, cebolla morada, un puñado de aceitunas que quedaban en el fondo del frasco: eso se convirtió en ensalada, cortada gruesa, con mucho aceite de oliva y el jugo de un limón que exprimí con las manos. Y la pizza la hice como me sale siempre: masa que crece de un día para el otro, tomate triturado, mucha mozzarella, orégano encima recién antes de meterla al horno. El olor llenó toda la casa antes de que estuviera lista, ese olor que ya de por sí es mitad de la fiesta. Si alguien me pregunta por el menú degustación, la respuesta es no: esto es lo que sobrevivió al súper del jueves, y sin embargo cuando la corté todavía caliente, con el queso estirándose entre pedazo y pedazo, sentí que estaba bien, que alcanzaba.
Mientras la armaba, me acordé de una frase del rabino Sacks: "No hace falta vivir en un palacio para sentirte rodeado de gloria". Y ahí entendí por qué ninguna de las sucot que vi, ni en Jerusalén ni en Modiin, era perfecta, y todas igual estaban llenas de gente.
Y esa alegría, este año, no me sale sola. Voy a ser honesta: no estoy en mi mejor momento. Llevo casi cuatro años viviendo en un país donde la tensión política, la social, la religiosa y la económica parecen turnarse para no dejarme dormir bien, y a veces se juntan todas al mismo tiempo. A eso se le suma la guerra, que no termina de irse del todo, y la sensación constante de estar preparados para la próxima escalada, aunque no sepamos cuándo ni cómo va a llegar. Y pronto, además, hay que ir a votar, con todo lo que eso también remueve. Es un país que amo y odio en la misma semana, a veces en el mismo día. Hay noches en que me cuesta respirar tranquila, y sin embargo la mesa sigue ahí, esperando que me siente.
Y ahí estoy: desde mi sucá miro la tele con la discusión política del día, mientras como una granada que está más rica que nunca. Solo en este país la geopolítica y la fruta de estación conviven en el mismo instante, y de algún modo las dos me hacen sentir viva.
Y es ese mismo país el que sale a la calle a dejar comida en la puerta de un vecino que no conoce, el que arma sucot comunitarias para que nadie festeje solo, el que se junta justo cuando parece que no tendría por qué hacerlo. Ahí está lo que entiendo, un poco tarde, de Sucot: no me piden estar alegre porque todo esté resuelto. Me piden alegría en medio de la casa que se cae, en medio de las diferencias. Zeman simjatenu, la época de nuestra alegría, no es un premio para los que ya están bien. Es un ejercicio.
Este año, ese ratito quieto bajo el cielo también va a ser mi forma de hacer ese ejercicio. Sentarme con la pizza recién salida, con la ensalada de colores y sabores mediterráneos, y dejar que eso alcance. Y quizás sea eso, y no otra cosa, lo que hoy me pongo a festejar.
Así que va la lista de esta noche: pizza casera, ensalada de lo que sobrevivió a la semana, alguna galletita que aparezca de algún cajón, siempre aparece una. Mate en mano. Las cuatro especies listas para la bendición. Y sobre todo, una silla, porque por más que a mí me guste comer, lo que tengo que hacer en la sucá es sentarme.
El etrog, terminada la fiesta, no lo tiro. Lo transformo en mermelada. Porque en mi casa hasta lo que bendecimos, después, se come.
Israel no se explica. Se come.
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