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El leicaj que no pude hornear (y todo lo que sí pude empezar)

Daniela Lachster

Daniela Lachster

Israel no se explica. Se come.

13 de septiembre de 2026

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Hay un shofar que suena todas las mañanas desde la sinagoga del barrio. No es el calendario el que me anuncia que se acerca Rosh Hashaná: es ese cuerno antiguo, ese aliento humano convertido en sonido, el que me lo recuerda antes que cualquier fecha impresa. Cada vez que lo escucho se me aprieta algo en el pecho, y enseguida pienso en lo mismo: el leicaj. Esa torta de miel que debería estar horneando ya, y que este año, de nuevo, no hice.

El súper también anuncia la fiesta, con otra voz: la góndola de la miel armada como vidriera, la vajilla blanca apilada junto al cartel que promete “mesa de fiesta”, el perfume dulzón de las velas que ya venden aunque falten dos semanas. Camino entre eso y no siento nada. Siento solamente que me falta una hoja manchada de miel, escrita a mano, que ya no sé dónde quedó.

No extraño la torta. Extraño su letra. El leicaj salía bien porque lo hacía con la hoja de mi mamá al lado, como si ella también estuviera un poco ahí, respirando el mismo vapor de horno. Me acuerdo de su mano tapando la mía sobre el bowl para que no se me pasara la miel, de la cocina llena de luz de tarde, de la radio prendida bajito de fondo. Esas escenas también son mías, no solo la tristeza de no tenerlas. Y hay algo que hace todo más difícil hoy: el edificio no huele como olía el mío en Belgrano en las vísperas de fiesta. Allá, apenas se abría la puerta de calle, subía por la escalera ese olor a guefilte fish que anunciaba, sin palabras, que ya casi era Rosh Hashaná. Acá el pasillo huele a comino, a limón, a algo más mediterráneo, más de esta tierra. Lindo, pero no el mío.

Cada vez que abro la puerta y no lo encuentro, me doy cuenta de que hay duelos que no se hacen frente a una tumba, sino frente a la puerta de calle, todos los años, un ratito antes de la fiesta.

Y sin embargo, en algún momento se corta la tristeza y aparece otra cosa: la certeza tonta y necesaria de que voy a hacer ese leicaj, aunque sea con las manos temblando y la receta a medio recordar. Sin la hoja de mi mamá al lado, con mi propia letra empezando a manchar una hoja nueva, en una cocina que de a poco se va volviendo mía.

Si vos también te sentaste este año a una mesa incompleta, con lo poco que pudiste traer en la valija de tu propia alia, sabés de qué te hablo. No hace falta haber hecho aliá para entender esa mesa: alcanza con haber perdido, alguna vez, la costumbre exacta que hacía sentir que la fiesta era la fiesta.

De eso se trata también ser inmigrante, aunque nadie lo ponga en la etiqueta junto a la miel y las granadas: de una soledad que no entra en ninguna bolsa del súper, de un esfuerzo que casi nadie ve porque no tiene forma de logro ni de foto. Y en esas noches en las que el idioma nuevo pesa en la boca, lo que quiero no es un consejo más. Quiero a mi zeide. Quiero volver a verlo parado en la puerta de su casa en Lanús, con su sombrero y su saco festivo, y preguntarle bajito cómo hizo él para bajarse de un barco sin saber una palabra de español y, aun así, construir algo que después me tocó heredar a mí. Él tampoco tuvo a quién preguntarle. Y sin embargo se quedó. Si él pudo con menos de lo que yo tengo hoy, algo de eso me toca a mí también: no como consejo, sino como herencia.

Si estás leyendo esto y también dejaste atrás una cocina, un olor, una hoja manchada, un zeide al que ya no le podés preguntar nada, esta parte es para vos. Sé lo que es abrir la puerta de tu propia casa y no reconocer el olor. Sé lo que es escuchar un shofar que no es el de tu infancia y sentir que, aun así, te está hablando a vos. Que el esfuerzo de hoy, el que nadie aplaude, sea el que un día alguien mire hacia atrás y llame el comienzo de algo. Ojalá sea, sobre todo, el comienzo de un leicaj: una hoja nueva, manchada de miel, con nuestra propia letra, horneándose en una cocina que finalmente huele a casa.

Así que este año brindo sin el leicaj de mi mamá, sin ese olor a guefilte fish subiendo por la escalera de Belgrano, sin el sombrero de mi zeide esperando en ninguna puerta, con costumbres nuevas que todavía no terminan de sentirse mías. Que este año que empieza nos trate un poco mejor a todos los que, de una forma u otra, tuvimos que aprender a empezar de nuevo, lejos de casa, extrañando un leicaj.

Shaná Tová u Guemar Jatimá Tová.

Israel no se explica, se come.

Instagram: Comer_Alia

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