
No imaginé, cuando hicimos aliá, que la guerra llegaría tan rápido.
Y mucho menos imaginé que un día escribiría: mi hijo, el jaial.
Entró un adolescente. Un inmigrante que había crecido sin guerra.
32 meses después, salió un hombre.
Aprendí a reconocer boinas. El color de las botas. El peso de un uniforme sucio junto a la puerta.
Aprendí cuántos tupper de empanadas mandarle a la base, y cuántos de milanesas.
Aprendí a preguntarle a otras madres: "¿Qué le mandaste vos?"
Y cuando supe que no podía preguntar más — él no contaba nada.
Solo me besaba, me agradecía, y me cuidaba.
Lo vi sufrir. Lo vi crecer.
Lo vi a él, mi hijo, cuidándome a mí.
Mi hijo es de esas personas que
caminan
calladas por la vida.
Que no piden aplausos.
Que hacen el bien sin que nadie las vea.
Hoy cierra un círculo. Y yo, con él.
Una inmigrante que se convirtió en madre israelí.
Orgullo. Mucho orgullo.
Con orgullo, hoy puedo decir:
Mi hijo, el jaial.
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