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La tierra no avisa. Solo se sacude

Daniela Lachster

Daniela Lachster

Israel no se explica. Se come.

15 de agosto de 2026

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Yo estaba con el mate en la mano cuando llegó el mensaje. Ese gesto tan mío, tan de todos los días, se quedó ahí, a mitad de camino entre la mesa y mi boca, mientras el celular vibraba con algo que todavía no sabía que iba a cambiarme el día entero.

Hay algo profundamente humano en enterarse de una tragedia por un mensaje de WhatsApp. Ninguna alerta sísmica, ningún titular de noticiero: una amiga, en un chat grupal, con un mensaje corto, seco, de esos que ella nunca manda.

Así me enteré del terremoto en Colombia.

Y ahí entendí algo que ya sabía, pero que hoy sentí en el cuerpo: la naturaleza no negocia. No pregunta si estamos listos. Simplemente ocurre, y nos deja del otro lado de la pantalla, mirando cómo la gente se abraza en la calle mientras los edificios caen. Una escena tan surrealista que cuesta creer que sea real. Pero lo es.

Porque yo también hice ese abrazo. El mío no tuvo temblor de tierra, tuvo aliá.

Abrazarme a mí misma.

A mi marido.

A mis hijos.

Mientras todo alrededor se movía.

El suelo firme que dabas por sentado, de golpe, ya no está. Y el alma, a veces, la sentís en la boca.

Hacer aliá también es una forma de terremoto. Uno que no sale en las noticias, que no tiene magnitud ni epicentro, pero que igual te deja sin piso por un tiempo. Y esta vez ERA MI TURNO de mirar desde afuera. Esa imagen de Colombia, la gente abrazándose mientras el mundo tiembla, me hizo acordar a todo eso. Lo que sigo viviendo, todavía, cada día acá.

Después, silencio.

Sara me avisó que habían cortado internet.

Y ahí quedé yo, con su último mensaje sin respuesta, sosteniendo esa nada que se siente cuando no sabés si del otro lado alguien sigue bien. Sabía que ella se iba a comunicar cuando pudiera, cuando la vida allá se lo permitiera. Y aun así, esperar en silencio también es una forma de acompañar.

Entonces empecé a escribir. A Marlene. A Erika. A Salo. A mi profe de inglés. Seguro me olvidé de alguno, pero fueron los primeros nombres que se me vinieron, sin pensarlo dos veces. Uno por uno, mandando la misma pregunta con distintas palabras: ¿estás bien?

Porque creo que todos, en algún momento, tenemos un nombre propio. Yo tengo los míos, colombianos. Y sé que muchos, como yo, también los tienen acá. El que inmigra con vos, el que deja su tierra al mismo tiempo que vos dejás la tuya, a veces se transforma en familia. No la que elegís de sangre, sino la que elegís de necesidad, de encuentro, de reconocerte en el otro que también extraña.

Acá, haciendo lo único que sé hacer cuando el mundo se sacude: preocuparme con el mate en la mano. Ni heroína ni first responder. Solo una argentina en Israel, mandando mensajes que no arreglan nada, pero que dicen: estoy acá.

Mientras tanto, a miles de kilómetros, Israel ya estaba respondiendo. No con discursos, sino con un comunicado anunciando el envío de ayuda humanitaria, casi antes de que el mundo terminara de procesar la noticia. Y no es la primera vez. Es lo que hace este país, siempre.

Un país chico, además. Apenas 78 años tiene.

En el judaísmo hay un concepto que se llama Tikun Olam, reparar el mundo. No es propiedad de Israel, es un mandato que llevamos como pueblo, en cualquier rincón del mundo. Lo escuchamos tanto que a veces se vuelve una palabra más, del montón. Pero después pasa algo como esto, y una se acuerda de que no es una frase bonita. Es algo que se vive en el cuerpo: cuando el mundo de otro se rompe, salimos a ayudar a repararlo, casi sin pensarlo, casi como quien no puede evitarlo.

Y yo, que también fui reparada cuando llegué rota de mi propia aliá, entiendo ese impulso mejor que nunca.

Colombia, de hecho, se preparaba para desembarcar con todo, otra vez, acá en Israel. Y en cambio, acá nos levantamos primero a ayudarlos a ellos. Así de simple es a veces la vida: lo demás puede esperar.

Hay algo ahí que me conmueve profundamente: que en un mundo tan fragmentado, todavía existan gestos que no calculan, que no esperan nada a cambio. Es ese reflejo de levantarse a ayudar antes de terminar de pensarlo, como cuando en casa hay una emergencia y uno actúa antes de preguntar por qué.

Porque del otro lado hay amigos que hoy están tristes, que hoy tienen miedo, que hoy necesitan saber que alguien, en algún rincón del mundo, sigue pensando en ellos.

Hoy tomo mi mate pensando en la arepa de cada uno de ellos. Porque así como acá el mate se ceba todos los días, allá la arepa se hace todos los días, y en esos gestos tan simples y tan de todos los días, aunque estemos lejos, de alguna forma nos volvemos vecinos.

Fuerza, Colombia.

No hace falta explicarlo. Se siente.

Israel no se explica. Se come.

Instagram: Comer_Alia

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