
Somos de una generación que sabía esperar. Esperábamos con ansias la respuesta a cartas que enviábamos por correo (doar).
Para las llamadas de larga distancia había que esperar a que la operadora marcara el número (mispar) y se estableciera la comunicación.
Cuando eran de larga distancia, eran costosas porque cobraban por minuto así que las palabras se medían en dinero (kesef). Con Reuven, por un tiempo tuvimos un noviazgo a la distancia y las llamadas eran demasiado largas. Varias veces me hacían colgar antes de terminar la romántica conversación y el amor quedaba en vilo hasta la siguiente llamada. A veces había que colgar porque el tiempo (zman) marcaba, y otras veces porque alguien necesitaba utilizar el teléfono para otra llamada. En esas épocas prehistóricas, había un teléfono por familia Y esto pasaba hasta en las mejores familias. En mi casa, después hubo 2 líneas telefónicas, lo que era considerado un lujo. Ahora estamos a la distancia de marcar un número en cualquier lugar del mundo (olam) y cada uno tiene su teléfono personal, producto de la evolución tecnológica. Al comienzo era un celular por familia, pues eran muy costosos. Con el tiempo el servicio se fue personalizando y abaratando los costos. Como se dice, el tiempo es oro y eso era lo que costaba una llamada. Cada palabra costaba un dineral y no era como los telegramas que se podía reducir el número de palabras para que costara menos. Ansiábamos el día en que pudiéramos hablar con el interlocutor y ver su cara. Hoy en día eso se denomina videollamada.
El mail también era familiar. Los mensajes (odaot) llegaban a los distintos miembros, pero al mismo mail.
Respecto a la fotografía, tomábamos una foto y esperábamos a que fuera revelado el rollo de la cámara para poder apreciar las fotos que habíamos tomado. Muchas salían malas y era costoso (iakar) cambiar el rollo. Para poner el rollo en las cámaras profesionales había que tomar curso y en esa época no había tutoríales de You Tube, ni IA.
En el cine (kol noa) esperábamos a que dieran las películas anunciadas en la cartelera. En el periódico salía el nombre de la película con el reparto de los actores y el teatro donde la proyectaban. Había matiné, en la tarde, vespertina a las 6 y noche (laila). Ocasionalmente algunas las presentaban los fines de semana en una sesión especial que era matinal, como a las 11 a.m. y en unos pocos teatros daban cine continuo, que significaba que proyectaban la cinta varias veces seguidas de principio a fin, así que si uno llegaba tarde podía empezar a ver desde el
momento que entraba a la sala y cuando llegaba otra vez a ese punto, podía o retirarse de la sala o volverla a ver para empatar toda la historia. También decía la censura, de acuerdo a la edad aprobada para asistir. Había películas para todos. Había para 18 y para 21. Las de 21 eran las más atractivas, pero eran las más difíciles de poder entrar. Dependía del criterio moral del vigilante (shomer).
Esperar era un verbo importante en nuestra vida, algo que no existe ahora para los jóvenes que viven en esta sociedad inmediatista, en que todo se hace de una. Más se demoran en pensar cuando ya están las cosas listas, como con la lámpara de Aladino. Es una sociedad sin paciencia.
Los tiempos han cambiado y la tecnología ha evolucionado.
Con la llegada del WhatsApp, el mail se usa cada día menos. Ya casi no hay teléfonos en las casas y la mayoría de la gente tiene un teléfono unipersonal. Yo diría que es todo en uno. Ahí está la cámara donde se ven las fotos inmediatamente, el mail, el WhatsApp, la videocámara.
Anteriormente cuando recibíamos o hacíamos una llamada, permanecíamos quietos y concentrados. La comunicación era continua y había que estar cerca del aparato. Ahora existen los mensajes de voz, para no perder tiempo contestando al instante. Se formula la pregunta y cuando el interlocutor pueda la contesta. Se volvió mas de moda escribir que hablar.
Puede decirse que es una sociedad inmediatista, donde nadie espera y nadie tiene paciencia. Todo es como el café instantáneo: ya.
Y cuando creemos que todo está inventado, aparecen nuevas sorpresas que nos hacen cada día más impacientes.
