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¿Cómo se le explica al cuerpo que todavía no pasó nada?

Daniela Lachster
Escrito por Daniela Lachster
1 de agosto de 2026
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Desde hace más de una semana nos repiten el mismo mensaje:

“Se están preparando los refugios públicos. Mientras tanto, sigan con la vida.”

La cabeza entiende la consigna.

El cuerpo, no.

Soy madre de dos hijos que habitan el mismo país, pero no la misma realidad.

Uno está en el ejército.

El otro es adolescente y quiere hacer exactamente lo que hacen los adolescentes en cualquier lugar del mundo: salir con amigos, reírse, enamorarse, discutir por la hora de llegada y convencerme de que exagero.

Y yo estoy en el medio.

Intentando sostenerlos a los dos mientras también aprendo a convivir con otro frente de batalla: la menopausia. Esa etapa en la que una descubre que el propio cuerpo también tiene su geopolítica. Las hormonas cambian las reglas, el sueño se vuelve caprichoso, las emociones pierden las fronteras y una deja de reconocerse del todo.

Los dos tienen razón.

Uno aprendió demasiado rápido que existe la guerra.

El otro se resiste a que la guerra le robe la adolescencia.

Y yo intento que ninguna de esas guerras —la de afuera y la de adentro— termine ocupándolo todo.

En estos días entendí que la incertidumbre no consiste solamente en no saber qué va a pasar.

Consiste en tener que seguir viviendo mientras no sabés qué va a pasar.

Eso es, quizás, lo que más desconcierta a quienes miran a Israel desde afuera.

Acá se habla de refugios y, cinco minutos después, alguien pregunta qué hay para cenar.

Se compran pilas para la linterna y tomates para la ensalada en la misma salida al supermercado.

Y, sin embargo, la cocina sigue encendiéndose. No porque el miedo haya desaparecido, sino porque cocinar también es una forma de cuidar. De decirles a los hijos, sin pronunciar una palabra, que mientras haya una mesa donde sentarse, todavía hay vida que defender.

No porque el peligro no exista.

Sino porque la vida, para sobrevivir, necesita seguir pareciéndose a la vida.

Pero hay algo que ningún protocolo puede ordenar.

El cuerpo.

El cuerpo no lee comunicados oficiales.

Y el mío ya venía librando otra batalla mucho antes de que aparecieran las alertas. La menopausia me recordó que el cuerpo tiene su propio lenguaje y que no siempre responde a la razón. Por eso tampoco distingue entre las batallas que vienen de afuera y las que ya estaban ocurriendo puertas adentro.

Escucha palabras como “escalada”, “preparativos” o “refugios” y responde con insomnio, tensión, ansiedad o ese nudo en el pecho que ninguna conferencia de prensa consigue desatar.

Porque la guerra no siempre comienza con el primer misil.

A veces empieza el día en que una madre deja de saber qué significa sentirse verdaderamente tranquila.

No escribo estas líneas para explicar un conflicto que lleva décadas.

Escribo sobre la experiencia humana de convivir con la incertidumbre. Sobre el esfuerzo cotidiano por no permitir que el miedo decida por nosotros. Sobre intentar proteger a un hijo que viste uniforme y, al mismo tiempo, no robarle la adolescencia al otro por un temor que todavía no sabemos si se convertirá en realidad.

Quizás el coraje no siempre consista en hacer cosas extraordinarias.

A veces consiste, simplemente, en preparar el desayuno, abrazar a los hijos, poner la mesa y seguir adelante mientras el corazón hace un esfuerzo enorme por no adelantarse a los acontecimientos.

Porque hay batallas que se libran en las fronteras.

Y otras, mucho más silenciosas, que se libran todos los días dentro del cuerpo de una madre.

Daniela Lachster

Instagram: Comer_Alia

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