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Hoy no podemos perder la memoria

Daniela Lachster
Escrito por Daniela Lachster
18 de julio de 2026
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Hay fechas que no se conmemoran: se habitan. Uno las lleva puestas, debajo de la piel, en los días comunes en que nadie sospecharía que algo duele. La mía empieza en una mañana de invierno de hace treinta y dos años, con ese frío de Buenos Aires que cala sin avisar y un mate recién cebado que se enfrió sin que lo tomara, porque a esa hora la radio ya había dejado de ser radio para convertirse en otra cosa.

Ese día iba a ir a anotarme a la Facultad de Ciencias Económicas, a pocas cuadras de Pasteur. No fui. Fui a trabajar, y desde ahí, por la radio, escuché que algo había ocurrido cerca. A las 9:53 una bomba había reducido a escombros la sede de la AMIA en Pasteur 633, a pocas cuadras de donde yo, apenas un rato antes, había pensado en estar. Ochenta y cinco personas no regresaron jamás: empleados de la mutual, vecinos, gente que simplemente pasaba por la calle Pasteur esa mañana, sin más destino que seguir camino. Yo seguí viviendo sin saber, todavía, que acababa de heredar una pregunta sin respuesta ni fecha de vencimiento.

No sé qué hubiera significado estar esas cuadras más cerca. Lo digo con cuidado, consciente de que mi pregunta no es comparable al dolor de quienes sí perdieron a alguien esa mañana: la mía es una incertidumbre menor frente a una tragedia que a otros les cambió la vida entera. Tenía veinte años esa mañana, con todo el futuro todavía por decidir, y esa es quizás la parte que más me cuesta pensar: no lo que perdí, sino todo lo que ese día podría haberme quitado sin que nadie llegara a enterarse de lo que iba a ser. Pero es la forma más honesta que tengo de entender lo que significa sobrevivir sin haber estado nunca en verdadero peligro: una culpa sin objeto, una gratitud sin destinatario. No es la memoria de una víctima. Es la memoria de una testigo tardía, a quien la historia rozó apenas y sin embargo no soltó nunca del todo.

Treinta y dos años son casi una vida entera. Formé una familia. Me mudé dos veces de país, y hoy vivo en Israel. Cada 18 de julio algo en mí vuelve a esa mañana. No como herida abierta, sino como una marca que no se borra. La distancia no la disuelve: apenas la reacomoda, y en cualquier lugar del mundo sigue doliendo igual.

Esa marca tiene, para mí, un nombre concreto: Irán. En Argentina solo aparecía en los diarios por el atentado a la Embajada de Israel, dos años antes. Y esa mañana de invierno extendió otra vez su mano de horror sobre la calle Pasteur. Cada año, en el acto por el aniversario, suena una sirena que te perfora el alma en algún momento del día. Nunca en la vida pensé que ese sonido me iba a atravesar la vida tan de cerca, tantos años después, en Israel. Acá esa misma amenaza dejó de ser una palabra en un expediente para convertirse en un sonido real: el de una sirena a la madrugada. Quien la haya escuchado sabe exactamente a qué me refiero. Entendí, viviendo acá, que lo que partió a mi país en dos aquella mañana no fue un capítulo cerrado de una causa judicial, sino la misma amenaza que sigue viva, con otro nombre y otra geografía.

En estos treinta y dos años conocí a la hermana de una víctima, a su cuñado, a sus padres, a sus sobrinos. Y vi cómo el dolor, con los años, no desaparece: se transforma, se acomoda, encuentra la forma de convivir con la vida que sigue. Verlos de pie, año tras año, me enseñó algo que no está en ningún diario ni en ninguna causa judicial: que la memoria también se hereda en la manera en que ciertas personas eligen seguir adelante.

No fui a anotarme aquella mañana. Pero cada aniversario regreso a ese temblor del que casi no guardo palabras, y entiendo que recordar no es un privilegio reservado a quienes perdieron a alguien esa mañana: es también una responsabilidad de quienes estuvimos, sin saberlo entonces, a unas cuadras de distancia del horror.

Yo no estuve ahí porque no fui. Nada más que eso: ningún destino, ningún plan. Solo una decisión chica que hoy sostiene toda mi vida.

Ochenta y cinco víctimas asesinadas. Ochenta y cinco historias que no tuvieron futuro. Treinta y dos años.

Hoy no podemos perder la memoria.

Que la memoria de todos los asesinados sea bendita.

Daniela Lachster

Instagram: Comer_Alia

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