
La inocencia de los niños es una belleza. Me dijo la hija de una amiga que jugáramos escondite. Era un juego que cuando éramos niños nos estimulaba todos los sentidos. Nos despertaba la creatividad, buscando los lugares más recónditos para que no nos encontraran. Jugar con niños pequeños es diferente. Primero cuenta ella y después cuento yo. Recuerdo que había que contar con los ojos bien cerrados y recostados contra la pared para que no hubiera ninguna duda de haber mirado por algún huequito.
Con esta chiquilla es diferente. Ella me dice donde esconderme y cuando le toca an ella el turno, me dice donde se va a esconder.
Después de jugar un rato, la mamá me pidió que la llevara a la clase de ballet con la hermanita. Yo miraba al cielo y pedía para que no cayeran misiles. También pedí para que no hubiera alarma (hazaká). Parece que mi rezo sirvió. Caminamos hasta el estudio que era cerca (carov). Si sonaba había dos alternativas, una era devolverme al apartamento (dirá) y la otra era ir al estudio que era cerca. Así fue como me animé a llevarlas, a pesar de las alarmas. Llegamos y lo primero que hizo la profesora fue contar hasta 10 en coro con ella y la llevó al lugar donde está el mamad. Esa misma ingenuidad que los hace jugar escondite, los hace ser responsables y saber que cuando suena la alarma no hay tiempo qué perder. En el mamad, juegan, comen y esperan a que llegue el tiempo (zman) de salir. Lo toman como parte de su cotidianidad .
La chiquita iba de un lado a otro, hasta que yo me cansé de perseguirla y me pareció buena idea ir al mamad para esperar allá esa alarma que de pronto no sonaba, pero daba más tranquilidad esperar ahí viendo el video de Gaby en un cómodo sofá.
Terminada la clase, la hermanita grande me pidió ir al parque y yo, aunque no tenía miedo, me parecía demasiada responsabilidad ir con las dos y le propuse que mejor fuéramos a la casa a jugar (lesajek) a las escondidas. La chiquita
se acordó que yo le había dicho que terminábamos de ver Gaby en la casa y no me la perdonó.
