
Uno de los principales miedos es llegar solos a la vejez. Y antes de hacer aliá, ese temor puede volverse más escalofriante: pensar en llegar sin pensión, sin ahorros, sin vivienda, sin amigos… y sentirse como un niño aprendiendo a “caminar” otra vez, rodeado de letras que no se entienden, sin saber hablar ni leer. Y si encima toca vivir en Ashkelon, una ciudad que por años ha sido blanco de misiles de Hamás, la historia podría volverse aún más aterradora.
Esta es la historia de Paula Altgenug.
Colombiana, 70 años y, actualmente, con novio. Así lo dijo Paula, con una sonrisa pícara y ese deseo de contar una historia. Al llegar, inmediatamente me percaté de un detalle inesperado: el novio hablaba español. Israelí, de Petaj Tikva.
La pregunta salió sola: ¿cómo Roni sabía español?
Paula respondió sin titubear: no solo español, también ruso. Y ahí lanzó la explicación, con una naturalidad peligrosa para cualquiera que esté presente con su esposa: esa amplitud de idiomas la había aprendido en sus numerosas relaciones de pareja.
Para mi esposa y para mí fue inevitable: un mar de carcajadas. Roni saltó en su defensa, casi ofendido, casi divertido, intentando poner orden en la sala: su mamá era argentina… y que Paula no dijera “esas cosas”.
Así comenzó todo. Entre risas. Y, sin avisar, con una historia que venía cargada de algo mucho más grande: aliá, vejez y esa sabiduría práctica de Paula, la que se aprende viviendo, no leyendo.
👵🇮🇱 La aliá del adulto mayor

Le pregunté a Paula qué pensaba del aliá en la tercera edad. Si valía la pena. Si no era una locura.
Me dijo algo que, dicho por cualquiera, sonaría a slogan, pero en su boca sonó a conclusión de vida: que las personas mayores que hacen aliá son inteligentes; que es una de las decisiones más acertadas y sabias. No porque Israel sea perfecto (Paula no vende cuentos), sino porque Israel, con todos sus problemas, tiene algo que a cierta edad vale oro: una estructura que sostiene. Un país armado para que la vejez no sea un salto al vacío… siempre y cuando se aprenda a usar lo que existe.
Y en ese momento, sin que yo tuviera que preguntar mucho, Paula cayó en lo que me persiguia desde la primera línea: la soledad.
🧍♂️🧍♀️ La soledad en la vejez
Paula dijo que sí, que vamos a sentirnos solos, pero que en realidad nunca estamos solos… y remató con una verdad incómoda: conoce gente que “tiene hijos”, hijos grandes, adultos, y aun así no vienen a visitarlos. Están “acompañados” en teoría, pero en la práctica están solos igual. Y entonces soltó una frase, corta, sincera:
“Al final todo depende de nosotros.”
Y fue como si estuviera diciendo: puedes vivir en un país lleno de opciones y oportunidades, y encerrarte igual; o puedes abrir los ojos, moverte… y rodearte de vida.
🎶✨ “Nunca pensé que a mi edad iba a estar en tantos conciertos”
Así lo dijo Paula, y se notaba el orgullo. Descubrió que el calendario puede volver a llenarse. Me habló de bailes, de pintura, de coros… y de la OLEI Ashkelon: eventos, coro, teatro; sencillamente de una vida de comunidad y pertenencia.
🏠 El Palacio de Paula

Departamento de Paula
“Mi palacio”.
Así, tal cual, lo dijo Paula al abrir la puerta. Y lo dijo con esa gratitud seria de quien sabe cuánto cuesta, en la vida, volver a tener un departamento nuevo para ella, sin sentir que está empezando desde cero.
Vive con Mosti, su gato. Hay ternura en cada rincón: pinturas hechas por ella, recuerdos, detalles, y un balcón lleno de plantas que cuida como si fueran parte de la familia.
Me explicó el lugar: tres torres de 19 pisos, ocho departamentos por piso, todos con terraza. Pequeños, sí… pero con lo justo y hermoso para vivir. Y recordó una fecha a lo que también llamó que fue como el regalo de su mamá, que falleció dos semanas antes:
“Recibí las llaves el 6 de febrero, hace cuatro años”.
Para llegar a ese momento, hay un proceso. El Estado estudia tu situación: si tienes casa, dinero, cómo es tu realidad económica. Presentas documentos, entras a una lista.
Actualmente Paula paga 350 shekels de alquiler, luz, agua y la arnona, como adulto mayor, no la paga.
“Esto es un regalo”. Y es cierto: el costo real de un departamento así no se acerca, ni por error, al alquiler estándar de un apartamento común en Israel.
🔴 Los botones rojos
Me llamó la atención un botón rojo en la sala. Después lo vi en el baño. Y luego en el dormitorio.
Paula explicó que estos departamentos no son solo viviendas: están diseñados para atender al adulto mayor. Y no me refiero solo a cursos, bailes o actividades. Hablo de sistemas.
Cada día, antes de las diez de la mañana, hay que presionar el botón. Si no lo presionas, te llaman y preguntan por ti. Lo que me impactó es que está pensado para respetar la privacidad, pero con lo necesario para cuidar a la persona.
Ese viernes, durante la visita, también entramos al apartamento de Roni. Eran las 10:15 y sonó el citófono. Una voz preguntó por él. Roni contestó tranquilo: “Sí, aquí estoy, todo bien”. Y Paula, sin perder su papel de novia mandona, lo regañó:
“¿Por qué no presionaste?”
Roni se defendió casi riéndose: “Sí lo presioné”.
Mi esposa y yo, al volver a casa, nos quedamos con esa energía linda y conmovedora de Israel, que no debería sorprender… pero sorprende. Hay sistemas de ayuda para que un adulto mayor no se apague sin que nadie se entere. Y ahí entendí por qué Paula podía decir, que uno puede sentirse solo… pero no necesariamente estarlo.
Muy pronto publicaremos el video en las redes sociales de la OLEI.




