
Así pasa con los países. A cada nación le tocó un pedacito de cielo. Cada una tiene bellezas naturales y recursos para sacarles el mejor provecho. Sin embargo, algunos pueblos, en vez de construir y aprovechar al máximo lo propio, buscan lo del país de al lado. Así, me parece, comienzan las guerras y las invasiones.
La envidia, uno de los peores defectos de la condición humana, no nos deja vivir tranquilos. Si los pueblos dejaran a un lado la envidia y lucharan, con identidad propia, por un mejor país y por mejores condiciones de vida para sus habitantes, habría más progreso y menos rivalidad. Pero muchos países quieren la salida al mar del vecino, el petróleo de al lado, la isla cercana. Y así empiezan las enemistades y los malos entendidos entre gobiernos.
Sería mucho más saludable apoyarse para resolver las falencias de la naturaleza y obtener un mejor resultado, en beneficio de todos. Seguro que, con un mejor entendimiento, habría más paz y menos guerras. La armonía es clave para una vida mejor.
Así que, en vez de buscar qué quitarle al otro, los gobernantes deberían pensar en cómo complementarse y apoyarse entre todos. Hay que dejar esa filosofía de “yo quiero lo que el otro tiene”.
Al comienzo de la civilización, esas prácticas se llevaban a cabo: había intercambio de productos, y así fue como empezaron los negocios de importación y exportación. Después vinieron las ansias de poder y, en vez de hacer negocios, se empezó a pelear por lo que el otro tenía y no quería compartir. Eso me recuerda a los niños en la guardería, cuando no quieren prestarse los juguetes y hay que enseñarles a compartir.
¿Será que esos gobernantes y líderes, con tanto estudio y conocimiento, deberían regresar al punto de partida y volver a aprender esos valores tan esenciales que olvidaron en el camino al poder?
