
Hasta los 16 años que me gradué, estudié (lamadti) en el colegio hebreo y nunca tuve problema con mis apellidos raros. Los profesores, cuando no eran judíos y no se les facilitaba la pronunciación, hacían un esfuerzo y lo lograban. A nosotros, tal vez por esa sangre europea que corre por las venas se nos facilita unir consonantes, lo que no sucede en mi país de origen, donde la mezcla española con los indígenas y los esclavos negros que trajeron, dio otro resultado, hasta en el acento.
📚 Dificultades con los apellidos
Cuando me gradué y empecé mis estudios universitarios, empezaron los problemas de dicción y pronunciación respecto a mis apellidos. Cuando llamaban a lista, a todos mis compañeros los llamaban por nombre (shem) y apellido y a mí me decían simplemente Marlene, para facilitar la pronunciación, que significaba para el profesor tratar de unir esas letras para que fueran extraños sonidos, no tan sencillos como Gómez o Jiménez.
En esa época los taxis se pedían por teléfono y cuando tenía que decir mi apellido (shem mishpajá), que era irrepetible, para facilitarle la vida a la señorita del otro lado del auricular, yo decía algo como Martínez para no preocuparla. Lo importante era que yo me acordara que había dicho Martínez para repetirle lo mismo al taxista y que no hubiera confusión. Y eso que no usaba siempre el apellido materno además, que era aún más difícil de pronunciar, Mokobodzky.
A mi cuñado —cuyo apellido era más complicado y fue el mismo que yo adopté cuando me casé con su hermano— en la universidad, el profesor llamaba a lista y le decía Farenhait. A Reuven, cuando el profesor llegaba a la H de su apellido, recitaba el número de código que lo acreditaba como estudiante de la universidad. El apellido que adopté cuando me casé es Himelfarb.
📝 Identidad, matrimonio y documentos
A los 3 meses de casada, obtuve mi cédula de ciudadanía, que la daban a los 21 años, edad en que se podía votar en las elecciones y se podía entrar a cine para mayores de 21, según la censura, sin restricciones. Hacíamos artimañas para entrar aunque no tuviéramos 21. Se imaginan si no hubiera hecho eso, cuántas películas me hubiera perdido por no tener la edad reglamentaria?
En esa época se acostumbraba a usar el de, por ejemplo Marlene Manevich de Himelfarb. Y así quedé registrada para todos mis papeles oficiales, aunque no me gustaba mucho ese denotativo de pertenencia. Además no es fácil (kal) acostumbrarse cuando uno ha sido Manevich toda una vida pasar a ser de Himelfarb. Nacieron un par de hijos maravillosos que se apellidan Himelfarb Manevich a mucho honor y con el tiempo me fui acostumbrando. Como escritora o periodista me firmaba Manevich y para el gremio médico era Himelfarb y así me identificaban como la esposa del doctor Himelfarb y no me cobraban la consulta, por ese acuerdo Hipocrático que existía entre los médicos. Con el asunto de los seguros cada vez es menos vigente, pero todavía se usa algunas veces entre colegas.
🌍 Aliá y adaptación en Israel
Cuando decidí venir a vivir a Israel, aquí no existe el de, así que quedé registrada como Marlene Manevich Da Himelfarb para asuntos oficiales. Mi hermano que ya lleva muchos años en este país me recomendó que lo cambiara y cuando fui a hacer la diligencia, me dijeron que no valía la pena porque tendría que cambiar todos los documentos y además me costaría mucho. Decidí quedarme así, aunque sea Da y no de, como sonaría para las damas de alcurnia.
Lo otro que pensé cuando hice aliá es que iba a ser más fácil la pronunciación en un país donde juntan hasta 3 consonantes en una sola palabra. Pero no, me toca seguir deletreando mi apellido como lo he hecho toda la vida. Los primos de mi esposo que se apellidaban Himelfarb, que significa color del cielo, se cambiaron a Tjelet, que significa celeste en hebreo y como sabemos, ese es el color del cielo.
Para los colombianos y para los israelíes sigo siendo Marlene Manevich aunque me digan Da Farenhait.
