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Lágrimas de Shabat: POR DON ABRAHAM

Marlene Manevich
Escrito por Marlene Manevich
19 de julio 2025
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Cuidé a don Abraham como metapelet durante casi 2 años, tiempo suficiente para conocernos los encantos y desencantos y para encariñarnos. Cuando se trabaja con personas hay sentimientos de por medio y no sólo
objetos o transacciones. A pesar de que le prometí que iba a estar pendiente de que lo enterraran como era su deseo en el cementerio Guivat Shaul en Jerusalem, yo estaba de vacaciones y no pude cumplir la promesa al pie de la letra. Cuando se cumplieron los shloishim (30 días) aproveché para acompañar al hijo y de paso verificar y poder cumplir mi promesa. Llegamos a tiempo para poder buscar el lugar exacto de la tumba. Estaba muy bien especificada la sección, la fila y hasta el número de tumba para que cualquiera pudiera llegar fácil, pero ni Waze, ni Google Maps, lograron identificar el sitio exacto. Parece que hay algún problema con la señal del más allá. Ninguno de los visitantes del cementerio supo decirnos, pues cada uno se preocupa por su propio fallecido. Finalmente, benditos celulares, el hijo de don Abraham me contestó y me indicó el lugar exacto para poder rendirle tributo.
Antes de esto, habíamos hecho un recorrido por el cementerio en el carro. Es inmenso y dividido en secciones. Recorrimos muchos caminos y llegamos a un punto de no retorno. Además había unos carros parqueados y los dueños no daban muestras de querer moverlos. El único camino era dar marcha atrás. Reuven es un poco impaciente y le gustan las cosas ya. Se podía haber dado la vuelta al carro, en ese estrecho camino, pero equivalía a unos veinte timonazos para allá y para acá y él prefirió irse en reversa hasta que el camino se pusiera más ancho y le permitiera voltear. Yo, aparte de ver tumbas a todo alrededor, veía las montañas de Jerusalem abajo, como un precipicio. Pensé muchas cosas, entre ellas caer al vacío o quedar estampillados sobre una de las tumbas Toqué madera muchas veces, hasta que por fin vimos luz al final del túnel y al ser un poco más ancho el camino logramos voltear y seguir en dirección a la entrada a seguir buscando la timba de don Abraham.
En ese momento recordé las sabias palabras del viejo, cuando no quería entrar al mamad:: “la muerte no tiene atajos, cuando llega es el momento aunque te escondas, así que no te espantes con la alarma” y pensando en él me sentí protegida entre tantas tumbas y tranquila pensando que ese no era nuestro momento. Sólo estábamos de visita honrando su memoria
Yo iba a acompañarlo un rato y a hacerle el kavot (honor), pero la idea no era quedarme allá mucho tiempo.
Terminada la ceremonia nos dirigimos al parqueadero donde había varias mesas dispuestas con manteles y viandas para comer. Vi como el hijo de mi viejito, armaba la mesa e iba acomodando todas las delicias para comer. Parecía un picnic y me recordó mucho el día de los muertos en México donde se lleva comida y se bebe en los cementeros en compañía de los muertos.
Z”L don Abraham

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